I
"La
mierda existe", pensó. Se había detenido de pronto
y como una revelación la vio en el smog de los carros, en la
grisura de los edificios, en la suciedad de las veredas y fachadas.
Sí, por donde posaba los ojos estaba presente, como un ser
vivo, como un peruano más. "Calles de mierda, tránsito
de mierda, gente de mierda, sociedad de mierda... ¡País
de mierda!". Sí, por todos los lados de esa avenida, en
donde caminaba una multitud amorfa, anónima, que sólo
esperaba el fin de semana para vivir. En medio de todo eso, Adrián
R, dejaba que el mar humano lo rebasara, buscando el camino correcto
que complementara su soledad.
La temperatura había bajado y el frío arreciaba. La
neblina cubría parte de la torre del Centro Cívico y
del hotel Sheraton. Al frente de ellos, como uno más, Adrián
R, se abotonaba la casaca de jean, preguntándose si aún
valía la pena seguir avanzando entre esa gente que parecía
ponerle trabas. Gente como él, joven en su mayoría,
que seguro había salido de las academias de preparación
preuniversitaria o de algún bar malandro del centro de la capital.
Muchachos que no querían perder su tiempo y se buscaban un
futuro, tan incierto como el del país entero. "Todos caminan,
pensó, algunos me persiguen pero no saben que me persiguen,
otros no saben que son perseguidos y otros desean ser perseguidos,
mas nadie los persigue. Es así, siempre fue así y siempre
será así".
Lanzó un escupitajo al viento y continuó por la avenida,
repasando sus diecisiete años al lado de su padre, su madre
y su hermana. Sin muchos amigos. Vida en su mayor parte solitaria,
a pesar de uno que otro romance, sin trascendencia para él.
Como ese día, como todos los días, en el que sólo
despertarse, implicaba una partida inútil, en una carrera sin
premio.
Cerca de la Embajada de Estados Unidos le dieron ganas de fumar. Los
soldados que custodiaban el edificio lo examinaron con recelo. Les
lanzó una sonrisita hipócrita. Cruzó el Paseo
Colón, lleno de vendedores ambulantes y se detuvo en una carreta.
Unos niños que correteaban por allí lo distrajeron,
llevaban ropas raídas y grises. La suciedad los mimetizaba
con las veredas. Algunos tenían puestas zapatillas inmundas
y otros estaban descalzos; los mocos caían de las narices y
los cabellos estaban llenos de tierra, de seguro, atiborrados de piojos.
Uno de ellos le hizo una especie de saludo, Adrián R sonrío
y de inmediato el niño le pidió dinero.
-Una propinita, pe -suplicó el niño.
-¿Para qué la quieres? -preguntó Adrián
R.
-Pa comer, un menú -respondió esperanzado el niño.
-¿No será para comprar Terokal?
-No, señor, yo no huelo Terokal.
Asustado y creyendo que hablaba con un policía, el niño
trató de escabullirse, pero antes de que pudiera correr fue
atenazado con fuerza por las manos de Adrián R; intentó
soltarse, se zarandeó, pero al no obtener resultado fue cediendo.
Algunos transeúntes observaron la escena y sin darle importancia
al asunto, continuaron. El niño volvió a forcejear.
-¿Cómo te llamas? -preguntó Adrián R.
-Raúl -contestó el chiquillo rápidamente.
-¿Tu apellido?
-No me acuerdo -respondió temblando y agregó-: Señor,
uste's policía... ¡Por fa, no me lleve al albergue, ya,
pe, no me lleve!
Adrián fue conmovido por ese rostro mestizo y de ojos medio
verdes que comenzaron a brillar lacrimosos. Así fingía
cuando se encontraba en peligro. Sabía conmover y el llanto
muchas veces le había salvado el pellejo.
-¿Cuántos años tienes? -preguntó Adrián
R.
-Trece -respondió Raúl y preguntó-: ¿Uste's
policía?
-No -dijo Adrián R. Buscó en su bolsillo algunos billetes,
sacó unos intis y se los entregó-, ¡Toma! Cómprate
algo de comer y olvídate del Terokal.
Raúl tomó el dinero y lo guardó en el bolsillo
de su pantalón mugroso; cuando se sintió libre recuperó
su vivacidad y salió a la carrera sin dar las gracias. A pocos
metros se le acercaron otros niños igual a él, habían
estado viendo todo, y se perdieron juntos en el laberinto de gente
del paseo Colón.
"Es mi buena acción del día" se dijo, Adrián
R, irónico. Recordó las ganas de fumar y compró
los cigarrillos. Echando el humo por la nariz reanudó su caminata,
sin reparar que las viejas casonas de buhardillas apolilladas, con
puertas de rejas herrumbrosas y techos húmedos, iban muriendo
entre restaurantes grasientos con aromas a salchichas y papas fritas.
Tampoco que el viejo parque de la Exposición y el Museo de
Arte le daban la espalda.
"Esta es mi Lima" se dijo y recordó cuando era niño
recorriendo esas calles que ahora estaban llenas de basura, de ambulantes,
mendigos, locos y borrachos; de automóviles y microbuses obsoletos,
que funcionaban gracias a la habilidad de algún mecánico
empírico. La tres veces coronada villa, ya nunca más
lo era, se había largado hace mucho y era, en esos años
tortuosos e inciertos, tan atractiva como para suicidarse en ella.
Llegó a la esquina del jirón Chincha y se adentró.
A los pocos metros se detuvo y buscó si estaban Pocho Treblinka,
el Innombrable y Carlos Desperdicio. No encontró a nadie. Sólo
había rostros extraños, ajenos, también sombras
en toda la calle. "Hay regular cantidad de gente, espero no más
que el concierto sea bueno" pensó. Optó por recostarse
en una pared. Frente a él había una puerta, en torno
al cual se aglomeraba un buen grupo de muchachos, encima de ellos,
en un toldo blanco con forma de cúpula, se podía leer
en letras negras: NO HELDEN.
Esa calle no tenía casas vecinas, era solitaria y marginal.
Hacia la esquina con el jirón Washington, existía un
edificio de oficinas. Las paredes pertenecían a cocheras y
estaban garabateadas con graffitis que invitaban al suicidio, a las
drogas o a la acción revolucionaria; alternativas muy validas
para la época. El ambiente era apropiado para esa discoteca
subterránea y para conciertos.
Pero a pesar de estar apartado en un rincón, como queriendo
diferenciarse de los que lo rodeaban, Adrián R, estaba bastante
ligado a ellos; él por supuesto no se percataba. Formaba parte
de esa fauna de extraviados en una noche eterna en plena juventud.
Se limitaban a escapar o enfrentar la realidad sin muchos aspavientos.
La lucidez extrema los había vuelto indiferentes a todo. Para
ellos la vida servía sólo para ser vivida.
Los grupos bebían tragos que a simple vista eran combinados
de Ron o Pisco con gaseosa. Las prendas negras, las botas militares
y los cabellos parados eran lo común. Casacas de cuero y jeans
con rodillas rotas. Todos dialogaban apasionadamente sobre temas que
iban desde lo político y sus variantes, atravesando por el
marxismo, el existencialismo, la música, el Tao y demás
temas que los mismos conversadores no entendían bien.
Adrián sintió ganas de beber un trago.
En la puerta del local dos jóvenes se manifestaban tensos e
impacientes, hablaban y fumaban echando el humo con rapidez. Uno de
ellos era castaño con el cabello rapado y vestía una
camisa verde olivo. El otro era mestizo y estaba vestido de negro.
Eran los organizadores. Algunos grupitos se animaban a entrar y les
pagaban a ellos; otros, en cambio, antes de ingresar preguntaban el
precio y las bandas que iban a tocar. Un foco casero los alumbraba
dejando ver sus sonrisas nerviosas. Desde adentro del local se oía
a un grupo probar los equipos de sonido y afinar sus instrumentos.
La batería explotaba intermitentemente.
Sin trago y con el último cigarrillo en sus dedos, Adrián
R, sintió esa apatía que le asaltaba constantemente.
¿Por qué estoy en este lugar? ¿Por qué
tengo que esperar a tres idiotas que de repente nunca llegaran? Debería
volver a casa, salir de aquí como llegué, tomar el micro,
irme a pie, abrir la puerta, aventarme sobre mi cama. Tal vez caminar
por cualquier parte, acercarme a una chica, caerle simpático,
tirármela... ¿A qué hora, mierda, llegan?.
En ese instante desde la avenida Guzmán Blanco, cinco jóvenes
se aproximaban, ocupando todo el ancho de la pista. Conforme se acercaban
los postes de luz iban delatándolos. Dos de ellos estaban ligeramente
adelantados, al parecer eran los líderes. Uno, el más
alto, era negro y cubría su cabeza con un pañuelo granate,
llevaba una botella de trago a medio consumir. Unos centímetros
atrás caminaba otro, un chato castaño con cara de malandrín.
Cuando estuvieron cerca algunos los saludaron.
El alboroto de su llegada llamó la atención. Adrián
R, los reconoció. Eran el negro Bruno y el Moquillo, dos palomillas
de Barrios Altos que Pocho Treblinka les había presentado tiempo
atrás en una borrachera. Desde su lugar pudo ver y escuchar
al Moquillo, siempre detrás del negro, saludando. Hablaba rápido
y pronunciaba equivocadamente las silabas. Nadie le entendía
pues no guardaba la ilación de las frases. Su voz tenía
el timbre de los guaraperos que suben a los micros a pedir limosna.
Ese grupo se convirtió entonces en el punto de reunión.
Varios se acercaron a ellos poniendo en el medio del ruedo sus tragos.
Pasaron algunos minutos para que cesaran los saludos y renovaran su
libación. Bebían del pico de la botella en medio de
diálogos cruzados; otros fumaban los cigarrillos nerviosamente,
como si esperaran alguna tragedia próxima a desencadenarse.
Al rato el moquillo comenzó a armar el primer mixto de pasta
y marihuana. Pidió que le hagan cortina. Muchos dejaron su
entusiasmo y algunos aumentaron su tensión. A todos les brillaban
los ojos. Con la lengua entre dientes, el Moquillo, balbuceaba para
que le pasaran el fósforo. Cuando lo tuvo, encendió
el mixto. Todos callaron y aguardaron impacientes su turno. La luz
de un poste los convertía en seres fantasmales. Los grandes
sacones y las ropas negras los hacía, entre las sombras, semejantes
a gallinazos en un basural.
Adrián R, no había dejado de observarlos. El mixto circulaba
de mano en mano y de boca en boca. El humo viciado llegó hasta
él y le dieron ganas de fumar. Prefirió cruzar hacia
la puerta. Las miradas eran sombrías. Bruno tenía los
ojos desorbitados.
En la entrada un tumulto pugnaba. Los que estaban adelante protestaban
por el precio buscando una rebajita. Todos sabían que si formaban
cola e ingresaban en orden, no habría ningún tipo de
problemas. Pero eso estaba tácitamente prohibido. Adrián
R se quedó muy cerca viéndolo todo y preguntándose:
¿A qué hora llegan?. De pronto sintió una mano
en el hombro, al girar un tufo cálido de alcohol le empañó
el rostro, escuchó una voz ebria que le hablaba.
-Causa, pásate un sencillo -el Negro Bruno trataba de asaltarlo;
atrás, el Moquillo, sonreía burlón. Todo su grupo
se había acercado a la puerta y lo miraban desafiante.
-Qué te hace pensar que te voy a dar -respondió Adrián
R, seguro de sí.
El negro no encontró palabras para responder; pensó
en algo, pero el mixto lo había adormecido impidiéndole
producir ideas coherentes. En su cerebro circulaban imágenes
rápidas como las secuencias de una cinta de cine. No pudo controlarlas.
-¡Tienes que darle! -gritó el Moquillo desde atrás.
-Si te doy me quedo sin entrada -respondió Adrián R
sabiendo que era una excusa tonta.
-¿Y pa' qué crees que te pido plata? -alcanzó
a decir el negro Bruno. Había levantado la voz amenazadoramente,
luego agregó-: ¡Pa'mi entrada, pes, huevón!
Adrián R se sintió perdido. Estaba rodeado y nadie trataba
de ayudarlo. Los que estaban cerca se arremolinaron en la puerta haciéndose
los desentendidos.
-Sabes -dijo Adrián R-, no tengo nada, en verdad.
-Me vas a dar -gritó el negro Bruno-, o te...
El negro sintió una mano poderosa oprimiéndole el brazo,
por eso no culminó la amenaza. Volteó el rostro. Una
cara blanca y cachetona le sonreía, dos ojos vivos y expresivos,
un cabello rapado. No lo reconoció y quiso zafarse. El Moquillo
cobarde se colocó a un lado. Adrián R suspiró
a salvo, eran Pocho Treblinka y Carlos Desperdicio, sus amigos.
-No le hagas nada, negro -dijo el Treblinka-, es mi pata.
El negro trató de liberar su brazo.
-Anda Bruno, es mi pata ¿no ves? Déjalo.
Bruno recuperó por un segundo la lucidez y reconoció
al Treblinka, compañero de juergas en donde todos terminaban
inconscientes. Sonrió mostrando una impecable dentadura.
-Sólo por que es tu pata -dijo y se alejó. El Moquillo
lanzó una mirada inquisitiva a Adrián R y siguió
a su amigo, los demás hicieron lo mismo.
-¿Qué pasó? -preguntó el Treblinka, su
rostro estaba serio.
Adrián R en vez de explicar lo sucedido lanzó quejas
contra sus amigos, aparentaba estar furioso, pero solamente lo hacia
para fastidiarlos. Pocho y el Desperdicio explicaron su demora porque
habían esperado al Innombrable más rato del debido.
Fueron a Barrios Altos a ver si conseguían Coca. "Pero
parece que había roche con la policía... No había
nadie para vendernos."
-Vamos a tomarnos un trago -dijo el Treblinka, moviendo toda su cara
de bebe gordo. Sus manos se movían de arriba para abajo cada
vez que hablaba.
Carlos Desperdicio, advirtió que el concierto estaba por comenzar.
"De repente no nos dejan entrar con las botellas" dijo acomodándose
los lentes.
-¿Quién nos lo va a impedir? -dijo el Treblinka, alzando
la voz-. Si no nos dejan entrar con las botellas rompo el concierto
y todos se van a la conchesumare, ¿está bien?.
"Algo debió haber sucedido" pensó Adrián
R. Pocho rara vez estaba agresivo. Recordó entonces que el
gordo estaba limpio. No tenía coca para consumir y eso lo alteraba.
"Seguro la policía ha intervenido el barrio... ¿Por
qué, entonces, no golpeó al Bruno?
-Mejor entramos -dijo Adrián R.
-¿Y el Innombrable? -preguntó el Desperdicio-. ¿No
lo vamos a esperar?
-A ese huevón ya lo esperamos demasiado -dijo el Treblinka-.
Que nos encuentre adentro.
Como nadie hacía cola se fueron contra todo lo que estaba frente
a ellos. Pocho Treblinka se abría paso gracias a sus cien kilos
ceñidos en una casaca de cuero negra, un jean y borceguíes
cuarenta y cuatro. Los otros caminaban detrás. Algunas chicas
los contemplaban con curiosidad y ellos les hacían muecas grotescas.
Empujaban solapadamente y escupían con mucha habilidad sin
ser vistos. Las expresiones eran siniestras.
El forcejeo no duró mucho. Pronto estuvieron en la puerta.
Pagaron e ingresaron por un pasadizo oscuro que llevaba a una entrada
caleta. Hacia el fondo de ese acceso luces de colores iluminaban las
paredes. Era un resplandor multicolor, semejante al que despide un
prisma.
Adentro se colocaron cerca del escenario, en el lado izquierdo. Las
paredes estaban pintadas de negro y adornadas con gráficos
de color blanco. La tarima con los equipos de sonido y la batería
se levantaba a un metro del suelo, sobre él un grupo afinaba
sus guitarras. Detrás de ellos se alzaba una espiral dibujada
en la pared. Los rayos de luces le cambiaban el color constantemente.
La sala estaba casi llena; aún así, seguían ingresando,
en grupos o solos; lentos o bulliciosos; llamándose, insultándose,
saludándose. Algunos estaban ebrios. Cruzaban por todas direcciones
hasta encontrar un lugar apropiado donde se detenían, recostándose
en la pared o sentándose en el piso. Todo parecía estar
calculado.
Pocho Treblinka era el único con dinero en ese momento -siempre
lo tenía- propuso a sus amigos comprar unas cervezas. El Desperdicio
y Adrián R advirtieron no tener ni un inti. El Treblinka respondió
con un "No importa yo las pongo". Rápido llegaron
al bar. La mujer que atendía era vieja y sin dientes, aparentaba
estar con el ambiente pues se vestía de manera juvenil, aunque
de forma ridícula. Cuando hablaba seseaba insolentemente. Adrián
R divisó un cuadro del Corazón de Jesús colgado
arriba de carteles de Ian Curtís de Joy División y Sex
Pistols. "¡Qué tal contraste!" Pensó.
Se lo advirtió al Desperdicio y sonrieron de manera discreta.
Regresaron a su lugar, cada uno con dos botellas en las manos y las
dejaron en el piso. Abrieron una y se sirvieron en un vaso descartable.
Pocho Treblinka aún estaba alterado, hablaba y mentaba la madre
a cada rato, se quejaba de todo. A veces se dirigía a Adrián
R. Éste le escuchaba sin prestarle atención, pero igual
el Treblinka no paraba de hablar. Carlos Desperdicio, le respondía,
cuando se dirigía a él, con monosílabos. El calor
aumentó. Adrián R se sacó la casaca atándola
en su cintura. De pronto por los parlantes salió una voz tranquila:
"Somos el grupo Pánico" y de inmediato las guitarras
y la batería sonaron salvajes.
Con la furia de la música se inició una danza guerrera,
era el Pogo, baile liberador de tensiones y buena terapia para sado-masocos.
La danza se iba acelerando de acuerdo al compás de la música.
" ...ni bien nacido te bautizaran y a ser cristiano te condenaran..."
Los cuerpos rebotaban con violencia, los rostros transformados en
un gesto de ira y dolor se sucedían uno tras otro. Los danzantes
saltaban, se juntaban, hacían un remolino de brazos y piernas
entrecruzadas, en el que las patadas y puñetes se propinaban
sin discreción, para luego separarse, hacer convulsiones epilépticas
y brincos berrinchosos. El ciclo se repetía cuantas veces se
podía, parecía existir en el centro un eje imantado,
al cual los bailarines eran atraídos y repelidos una y otra
vez. Al terminar la canción, rostros enfurecidos aplaudieron
a rabiar. Se escucharon algunos carajos y algunos mierdas, salidos
de bocas anónimas, camufladas entre espaldas y penumbra. Adrián
R se sintió eufórico y aplaudió con fuerza, luego
bebió de un sorbo la cerveza de su vaso.
"Pánico" tocó varios temas, cada uno acompañado
de sus respectivos pogos. Las canciones eran rápidas, el más
puro Hardcore sucio y salvaje. Los tres amigos no se habían
movido de su lugar a pesar de los bamboleos. El vaso se había
hecho añicos por un pisotón. Ahora bebían del
gollete.
Cuando el siguiente grupo estaba sobre el escenario hizo su aparición
el Innombrable. En su rostro se dibujaba la clásica sonrisita
desidiosa. Contra lo habitual, y para la sorpresa de todos, llegaba
acompañado de una muchacha. Pero la sorpresa no duró
mucho pues se trataba de Olga, una chica que había frecuentado
el grupo muchos meses atrás. Adrián R la recordó
apenas la vio, siempre callada y observadora, un poco baja para su
gusto.
-Hola comadrita -dijo el Pocho Treblinka al verla-, te perdiste, ¿qué
fue de tu vida en todo este tiempo?
-Nada especial -contestó Olga-, por aquí y por allá
El Innombrable explicó su demora. La había encontrado
de casualidad: "Estaba parada, bajisospechosa, por el Centro
y la acompañé a dejar unos encargados".
-¡Claro! -dijo Carlos Desperdicio-. Nosotros como cojudos esperándote,
mientras que a Adrián casi lo violan.
-¿Cómo es eso? -dijo el Innombrable dirigiéndose
a Adrián R- Cuenta pe compadre.
Pero no pudo contar nada porque en ese instante empezó el compás
de un nuevo grupo. La música era más salvaje y el Pogo
también. Olga de pronto fue empujada con violencia y se fue
de bruces contra Adrián R. Quedaron frente a frente. Las manos
de ella se habían posado sobre los hombros del muchacho. Éste
la había atenazado por la cintura sintiendo los pequeños
senos rozar su pecho. Sintió una sublime sensación de
placer que no había experimentado en mucho tiempo. Se puso
rojo sin decidirse a soltarla o quedarse así. Permanecieron,
por unos segundos, mirándose, ojos contra ojos, hasta que ella
muy delicada se libró del abrazo.
-Ven -dijo él y la colocó contra la pared para protegerla
de los pogueros-, aquí no te va a pasar nada.
Pronto se dio cuenta que no podía ver el concierto. Se sentía
incomoda de estar como una niña, porque nunca había
necesitado que la protegieran. Se apartó y comenzó a
empujar junto con el Desperdicio y el Treblinka. Reían cada
vez que alguien caía al suelo y era pisoteado.
Adrián R la observó. Había sido del grupo por
buen tiempo para luego desaparecer sin despedirse. Esa actitud no
les extrañó por que así había sucedido
con varias amigas de las cuales nunca más volvieron a saber.
A pesar de todo, ella había caído bien por ser diferente.
Era de otro tipo. Las otras se regalaban, estaban llenas de gollerías.
Olga nunca se insinuó frívola; disfrutaba más
de la compañía del Treblinka y del Innombrable, con
ellos conversaba. En las discusiones opinaba y se mantenía
terca en su verdad; cuando había oportunidad se mostraba solidaria
hasta el extremo sin pedir nada a cambio. Parecía tener un
interés oculto hacia ellos. Adrián se había percatado,
pero ignoraba si los demás también.
Hasta entonces no la había tomado mucho en cuenta. Siempre
la consideró chata y regularona, pero en ese instante en que
la observaba bien se reprochó lo tonto de no haber reconocido
su atractivo. Tenía un cabello bastante cuidado, sostenido
con un gancho pequeño que dejaba caer unos rizos casi marrones,
más abajo de los hombros. Su cintura breve y sus caderas amplias
se ajustaban bien al jean. Las piernas eran algo delgadas.
Cuando acabó la canción, Olga, se volteó hacia
él y sonrió. En su mejilla se formó un hoyuelo.
Adrián la miró fijamente y notó que aquel rostro
claro, de ojos pequeños, nariz mediana y labios delgados no
tenía una pizca de maquillaje, solamente los ojos estaban delineados.
Tampoco advirtió que detrás de ese rostro se escondía
un temperamento no acorde con su apariencia.
-Creo que me he torcido un dedo -dijo Olga.
-A ver -dijo Adrián.
Tomó la mano pequeña de la muchacha y la sintió
bastantes suaves. Sin soltarla preguntó.
-¿Tú, lavas tu ropa?
-A veces -respondió extrañada-. Tengo lavadora.
-De razón -dijo Adrián R y agregó-: Si te duele,
tú tienes la culpa por estar empujando a la gente.
La música volvió a sonar y el alboroto se adueñó
otra vez del recinto. Olga sentía mucho dolor en el dedo y
se colocó contra la pared para descansar.
-No te preocupes -dijo Adrián R-, pronto te pasara.
Sonrió. Lo vio igual que antes. Físicamente era el mismo.
Con esa casaca de jean que no se quitaba nunca y el cabello parado
y rapado a los costados. Siempre alto y encorvado. Era el siempre
distante Adrián R que nunca conversaba con las chicas, pues
siempre estaba hablando con el Innombrable o con el Pocho Treblinka
sobre temas diversos. Era sorprendente cómo conocía
muchas cosas a pesar de no estudiar y ser un vago. Muchas veces había
tratado de entablarle conversación, pues presentía que
no era sobrado, como lo afirmaban las otras, sino un poco tímido,
pero nunca pudo. Recordó la tarde cuando caminaban por Lince
y él se encontraba adelantado. Apresuró su paso para
estar a su lado cuando de pronto un loco, con el pelo de rastafari
y calato, se apareció de quién sabe dónde con
la intención de tocarla. Adrián R la protegió
con su pecho y espantó al loco con la mano. Ella había
pegado un grito fuerte que causó risas hasta hacerla avergonzar.
"Fíjate bien, la calle siempre trae sorpresas", le
dijo. La soltó y caminó como si nada hubiera sucedido.
Fue el único acercamiento que tuvieron. También recordó
aquella vez cuando se desplomó al piso producto de un mareo
y Adrián R no se movió para recogerla a pesar de ser
el más cercano. Por eso le agarró antipatía.
Y ahora se preocupaba por su dedo lastimado. "Tan rápido
ha cambiado".
-¡Eres blanquito igual a tu padre! -gritó el cantante
del grupo, los otros integrantes le hicieron coro-: ¡púdrete
pituco reconchatumadreeeeeeeeeeeeee!
Con ese tema "SdeM" finalizaba su recital de lisuras contestatarias.
Eran los más radicales. Muchos de sus seguidores los idolatraban
hasta el extremo de alzarlos como líderes de una identidad
clasista. Esos incondicionales aplaudieron rabiosamente, gritando
consignas que se hacían confusas por el cruce de voces.
Cuando estuvo vacío el escenario, un muchacho de camisa a cuadros,
y borceguíes de caña alta, tomó el micrófono
y dijo:
-Quiero hacer un homenaje al Beni. Él ha sido asesinado por
la represión fascista, pero quiero decir que ¡¡¡Beni
no ha muerto!!! Muchos seguirán su ejemplo, conchasumare, ¡¡¡Beni
no ha muerto!!!
-No, no estaba muerto -gritó el negro Bruno-, andaba de parranda.
-¡Beni no ha muerto! -continuó el muchacho sin hacer
caso.
-No ha muerto, causa -gritó otra vez el negro-. Está
acá a mi lado, nos vamos a fumar un mixto.
Nadie manifestó su repudio contra quienes, el muchacho, culpaba
de la muerte de su amigo. Sin respuestas se bajó con más
odio que cuando había subido. El Innombrable se burlaba de
la escena y de las consignas disparadas desde los rincones más
oscuros. "Sólo groserías y mierdas, nada más;
hasta allí llega su radicalidad, malapalablantes eso es lo
único que son". Describía aquella rabia como inútil,
desviada para lo que proponía: La Revolución.
-Tiempo que no se te veía -dijo Adrián R a Olga, acercándose
un poco para hacerse escuchar.
La muchacha estaba ensimismada mirando al subte que había hablado,
como si supiera algo más o como si hubiese conocido al Beni.
Adrián le recalcó la pregunta y ella dio un sobresalto.
Parecía despertar de un sueño o salir de una reflexión.
-¿Si? -preguntó extrañada.
-¿Qué estuviste haciendo? -dijo él- Al parecer
algo importante, pues ni te asomaste.
-Sí, estuve realizando actividades bastante importantes para
mí…-dijo ella- "¿Cuándo tú
te preocupaste si estaba con ustedes?", pensó.
Olga recibió la botella y bebió del pico. El líquido
helado le raspó la garganta. Repitió otro trago y lo
pasó a Adrián R, quién apuró uno largo
y ansioso.
-No sabes lo que te perdiste en este tiempo -dijo Pocho Treblinka
a Olga.
-Pucha, ocurrió un montón de cosas -dijo el Innombrable-.
El Desperdicio tuvo su hembrita, casi se casa.
-Anda -dijo Olga sonriendo- Tú, Carlitos Desperdicio, con mujer.
Y tan inocente que se te veía.
Carlos Desperdicio nunca fue de su agrado y ella tampoco para él.
Ambos sabían disimular su mutua animosidad. Él era huraño,
por todo discutía y reclamaba, aparte sus lentes lo hacían
antipático.
-Sí, me he dado cuenta. Muchas cosas han cambiado -dijo ella,
miró de reojo a Adrián R y agregó-: Hay personas
que se han humanizado.
El calor había aumentado. La energía del Pogo era la
causante. El humo de los cigarrillos los envolvía en una bruma
de tabaco y mal aliento, a sobacos y alcohol. Adrián R no escuchó
lo que Olga había dicho y preguntó:
-¿Qué tipo de actividades realizabas?.
-Son actividades, me disculpas, que no te puedo contar.
-¿Por qué?
-De repente en un futuro cercano te lo diré.
-Quieres decir que seguiremos viéndonos.
-Claro ¿por qué no?
-Ojalá no desaparezcas como la última vez.
Olga se calló y pensó: "Definitivamente ha cambiado
o antes se hacía el interesante o ahora está interesado
en socializarse". Adrián R tenía la botella, bebió
el último sorbo y quedó ensimismado, pensando en nada
o tal vez en todo, mientras un nuevo grupo iniciaba su participación.
La música era igual a las anteriores: rápida y primitiva.
La mayoría de los presentes no conocía el nombre de
la banda, pero eso no les importaba. Sólo les interesaba destornillarse
en el Pogo, beber hasta morir y drogarse; en suma, escapar de la realidad,
desfogar con violencia la tensión de vivir en una ciudad salvaje.
Pocho Treblinka invitó a Adrián R para ir a comprar
más cerveza. Se encaminaron hacia el bar. Los pogueadores hacían
difícil el paso, pero igual avanzaron. A unos metros Adrián
fue demorado y el Treblinka se adelantó. Quiso alcanzarlo,
pero no pudo, el tumulto de gente se había concentrado en ese
lado y le impedía llegar hasta él. No había perdido
de vista a su amigo, por eso vio cuando era jaloneado por unas sombras
cerca de la puerta de entrada. Quiso distinguir quienes eran, pero
las luces de colores deformaban todo. "Están asaltándolo"
pensó y se acercó lo más rápido posible,
empujando a lo que se interpusiera en su camino. Cuando llegó,
cuatro uniformados entraron con los fusiles en alto. El Treblinka
ya no estaba. Más policías entraron atropellando con
fuerza.
Adrián R se acordó de Olga y retrocedió para
buscarla, pero fue en vano, el local era un loquerío, algunos
se metieron en los baños en busca de una inexistente salida.
Otros se iban juntando y gritaban que nadie se separe. Ya la música
se había apagado y se veía una batería solitaria
sobre el estrado. Adrián R estaba confundido. Un muchacho extremadamente
flaco de cabello largo y ondulado gritaba: "No me caguen mi vacilón,
no me caguen mi vacilón, policía no, policía
no". Evidentemente estaba ebrio. En su confusión Adrián
R retrocedió hasta chocar con el desorden, tenía la
sensación de que todo estaba oscuro. No sabía si seguir
retrocediendo o si quedarse parado, escuchó el coro de una
canción de Narcosis -Sucio policía verde, actúas
por conveniencia, sucio policía verde, defiendes la decadencia-
cantado a sus espaldas por unos exaltados. Esto provocó una
reacción más violenta de los policías quienes
se sintieron ofendidos en su honor -El honor no es tu divisa, tu divisa
es la corrupción- "Contra la pared, carajo" gritaba
un sargento trinchudo y barrigón. Con su vara golpeaba todo
lo que estaba delante, sin importarle si era hombre o mujer. Adrián
R trató de ubicar a Olga, a Carlos Desperdicio o al Innombrable
pero sólo vio rostros furiosos, aterrados y empapados de sudor.
Pensó en el Pocho Treblinka sin recordar que había sido
el primero en ser detenido y que ya estaba dentro del portatropas
estacionado en la calle.
Cuando la situación estuvo en manos de los guardias los hicieron
salir en fila india y con las manos en la nuca. Por la mente de Adrián
R pasó una idea entre heroica, ingenua y suicida: "Si
perdiéramos el miedo podríamos ir contra los tombos"
pero como nadie pensaba igual que él se dijo "Yo solo
no puedo hacer nada y, al final, ¿de qué serviría?".
Por el pasadizo oscuro vio la puerta de salida y las siluetas de los
que subían al portatropas llamado "La Burra". Una
vez dentro eran amontonados como carneros. Nadie decía nada,
al que reclamaba lo callaban de un varazo o de un culatazo. Subió
y lo sentaron en el piso del camión. Sintió más
frío. La transpiración, junto con la humedad del carro,
producía un vaho que picaba el olfato. Gracias a la luz filtrada
entre los agujeros de la capota oxidada, pudo ver algunos rostros.
No halló ninguno conocido.
Al rato partieron. El smog se colaba por todos lados haciendo lagrimear
a todos, incluido los policías. Un guardia joven que se había
emplazado en la puerta ordenó que bajaran las cabezas y amenazó
con romperlas si alguno la levantaba. Adrián R obedeció
sin sentir vergüenza por la humillación. Sólo deseó
que los llevaran a la comisaría de El Sexto porque era la más
cercana a su casa.
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