I

"La mierda existe", pensó. Se había detenido de pronto y como una revelación la vio en el smog de los carros, en la grisura de los edificios, en la suciedad de las veredas y fachadas. Sí, por donde posaba los ojos estaba presente, como un ser vivo, como un peruano más. "Calles de mierda, tránsito de mierda, gente de mierda, sociedad de mierda... ¡País de mierda!". Sí, por todos los lados de esa avenida, en donde caminaba una multitud amorfa, anónima, que sólo esperaba el fin de semana para vivir. En medio de todo eso, Adrián R, dejaba que el mar humano lo rebasara, buscando el camino correcto que complementara su soledad.


La temperatura había bajado y el frío arreciaba. La neblina cubría parte de la torre del Centro Cívico y del hotel Sheraton. Al frente de ellos, como uno más, Adrián R, se abotonaba la casaca de jean, preguntándose si aún valía la pena seguir avanzando entre esa gente que parecía ponerle trabas. Gente como él, joven en su mayoría, que seguro había salido de las academias de preparación preuniversitaria o de algún bar malandro del centro de la capital. Muchachos que no querían perder su tiempo y se buscaban un futuro, tan incierto como el del país entero. "Todos caminan, pensó, algunos me persiguen pero no saben que me persiguen, otros no saben que son perseguidos y otros desean ser perseguidos, mas nadie los persigue. Es así, siempre fue así y siempre será así".


Lanzó un escupitajo al viento y continuó por la avenida, repasando sus diecisiete años al lado de su padre, su madre y su hermana. Sin muchos amigos. Vida en su mayor parte solitaria, a pesar de uno que otro romance, sin trascendencia para él. Como ese día, como todos los días, en el que sólo despertarse, implicaba una partida inútil, en una carrera sin premio.


Cerca de la Embajada de Estados Unidos le dieron ganas de fumar. Los soldados que custodiaban el edificio lo examinaron con recelo. Les lanzó una sonrisita hipócrita. Cruzó el Paseo Colón, lleno de vendedores ambulantes y se detuvo en una carreta. Unos niños que correteaban por allí lo distrajeron, llevaban ropas raídas y grises. La suciedad los mimetizaba con las veredas. Algunos tenían puestas zapatillas inmundas y otros estaban descalzos; los mocos caían de las narices y los cabellos estaban llenos de tierra, de seguro, atiborrados de piojos. Uno de ellos le hizo una especie de saludo, Adrián R sonrío y de inmediato el niño le pidió dinero.


-Una propinita, pe -suplicó el niño.
-¿Para qué la quieres? -preguntó Adrián R.
-Pa comer, un menú -respondió esperanzado el niño.
-¿No será para comprar Terokal?
-No, señor, yo no huelo Terokal.


Asustado y creyendo que hablaba con un policía, el niño trató de escabullirse, pero antes de que pudiera correr fue atenazado con fuerza por las manos de Adrián R; intentó soltarse, se zarandeó, pero al no obtener resultado fue cediendo. Algunos transeúntes observaron la escena y sin darle importancia al asunto, continuaron. El niño volvió a forcejear.


-¿Cómo te llamas? -preguntó Adrián R.
-Raúl -contestó el chiquillo rápidamente.
-¿Tu apellido?
-No me acuerdo -respondió temblando y agregó-: Señor, uste's policía... ¡Por fa, no me lleve al albergue, ya, pe, no me lleve!


Adrián fue conmovido por ese rostro mestizo y de ojos medio verdes que comenzaron a brillar lacrimosos. Así fingía cuando se encontraba en peligro. Sabía conmover y el llanto muchas veces le había salvado el pellejo.


-¿Cuántos años tienes? -preguntó Adrián R.
-Trece -respondió Raúl y preguntó-: ¿Uste's policía?
-No -dijo Adrián R. Buscó en su bolsillo algunos billetes, sacó unos intis y se los entregó-, ¡Toma! Cómprate algo de comer y olvídate del Terokal.


Raúl tomó el dinero y lo guardó en el bolsillo de su pantalón mugroso; cuando se sintió libre recuperó su vivacidad y salió a la carrera sin dar las gracias. A pocos metros se le acercaron otros niños igual a él, habían estado viendo todo, y se perdieron juntos en el laberinto de gente del paseo Colón.


"Es mi buena acción del día" se dijo, Adrián R, irónico. Recordó las ganas de fumar y compró los cigarrillos. Echando el humo por la nariz reanudó su caminata, sin reparar que las viejas casonas de buhardillas apolilladas, con puertas de rejas herrumbrosas y techos húmedos, iban muriendo entre restaurantes grasientos con aromas a salchichas y papas fritas. Tampoco que el viejo parque de la Exposición y el Museo de Arte le daban la espalda.


"Esta es mi Lima" se dijo y recordó cuando era niño recorriendo esas calles que ahora estaban llenas de basura, de ambulantes, mendigos, locos y borrachos; de automóviles y microbuses obsoletos, que funcionaban gracias a la habilidad de algún mecánico empírico. La tres veces coronada villa, ya nunca más lo era, se había largado hace mucho y era, en esos años tortuosos e inciertos, tan atractiva como para suicidarse en ella.


Llegó a la esquina del jirón Chincha y se adentró. A los pocos metros se detuvo y buscó si estaban Pocho Treblinka, el Innombrable y Carlos Desperdicio. No encontró a nadie. Sólo había rostros extraños, ajenos, también sombras en toda la calle. "Hay regular cantidad de gente, espero no más que el concierto sea bueno" pensó. Optó por recostarse en una pared. Frente a él había una puerta, en torno al cual se aglomeraba un buen grupo de muchachos, encima de ellos, en un toldo blanco con forma de cúpula, se podía leer en letras negras: NO HELDEN.


Esa calle no tenía casas vecinas, era solitaria y marginal. Hacia la esquina con el jirón Washington, existía un edificio de oficinas. Las paredes pertenecían a cocheras y estaban garabateadas con graffitis que invitaban al suicidio, a las drogas o a la acción revolucionaria; alternativas muy validas para la época. El ambiente era apropiado para esa discoteca subterránea y para conciertos.


Pero a pesar de estar apartado en un rincón, como queriendo diferenciarse de los que lo rodeaban, Adrián R, estaba bastante ligado a ellos; él por supuesto no se percataba. Formaba parte de esa fauna de extraviados en una noche eterna en plena juventud. Se limitaban a escapar o enfrentar la realidad sin muchos aspavientos. La lucidez extrema los había vuelto indiferentes a todo. Para ellos la vida servía sólo para ser vivida.


Los grupos bebían tragos que a simple vista eran combinados de Ron o Pisco con gaseosa. Las prendas negras, las botas militares y los cabellos parados eran lo común. Casacas de cuero y jeans con rodillas rotas. Todos dialogaban apasionadamente sobre temas que iban desde lo político y sus variantes, atravesando por el marxismo, el existencialismo, la música, el Tao y demás temas que los mismos conversadores no entendían bien.


Adrián sintió ganas de beber un trago.


En la puerta del local dos jóvenes se manifestaban tensos e impacientes, hablaban y fumaban echando el humo con rapidez. Uno de ellos era castaño con el cabello rapado y vestía una camisa verde olivo. El otro era mestizo y estaba vestido de negro. Eran los organizadores. Algunos grupitos se animaban a entrar y les pagaban a ellos; otros, en cambio, antes de ingresar preguntaban el precio y las bandas que iban a tocar. Un foco casero los alumbraba dejando ver sus sonrisas nerviosas. Desde adentro del local se oía a un grupo probar los equipos de sonido y afinar sus instrumentos. La batería explotaba intermitentemente.


Sin trago y con el último cigarrillo en sus dedos, Adrián R, sintió esa apatía que le asaltaba constantemente. ¿Por qué estoy en este lugar? ¿Por qué tengo que esperar a tres idiotas que de repente nunca llegaran? Debería volver a casa, salir de aquí como llegué, tomar el micro, irme a pie, abrir la puerta, aventarme sobre mi cama. Tal vez caminar por cualquier parte, acercarme a una chica, caerle simpático, tirármela... ¿A qué hora, mierda, llegan?.


En ese instante desde la avenida Guzmán Blanco, cinco jóvenes se aproximaban, ocupando todo el ancho de la pista. Conforme se acercaban los postes de luz iban delatándolos. Dos de ellos estaban ligeramente adelantados, al parecer eran los líderes. Uno, el más alto, era negro y cubría su cabeza con un pañuelo granate, llevaba una botella de trago a medio consumir. Unos centímetros atrás caminaba otro, un chato castaño con cara de malandrín. Cuando estuvieron cerca algunos los saludaron.


El alboroto de su llegada llamó la atención. Adrián R, los reconoció. Eran el negro Bruno y el Moquillo, dos palomillas de Barrios Altos que Pocho Treblinka les había presentado tiempo atrás en una borrachera. Desde su lugar pudo ver y escuchar al Moquillo, siempre detrás del negro, saludando. Hablaba rápido y pronunciaba equivocadamente las silabas. Nadie le entendía pues no guardaba la ilación de las frases. Su voz tenía el timbre de los guaraperos que suben a los micros a pedir limosna.


Ese grupo se convirtió entonces en el punto de reunión. Varios se acercaron a ellos poniendo en el medio del ruedo sus tragos. Pasaron algunos minutos para que cesaran los saludos y renovaran su libación. Bebían del pico de la botella en medio de diálogos cruzados; otros fumaban los cigarrillos nerviosamente, como si esperaran alguna tragedia próxima a desencadenarse. Al rato el moquillo comenzó a armar el primer mixto de pasta y marihuana. Pidió que le hagan cortina. Muchos dejaron su entusiasmo y algunos aumentaron su tensión. A todos les brillaban los ojos. Con la lengua entre dientes, el Moquillo, balbuceaba para que le pasaran el fósforo. Cuando lo tuvo, encendió el mixto. Todos callaron y aguardaron impacientes su turno. La luz de un poste los convertía en seres fantasmales. Los grandes sacones y las ropas negras los hacía, entre las sombras, semejantes a gallinazos en un basural.


Adrián R, no había dejado de observarlos. El mixto circulaba de mano en mano y de boca en boca. El humo viciado llegó hasta él y le dieron ganas de fumar. Prefirió cruzar hacia la puerta. Las miradas eran sombrías. Bruno tenía los ojos desorbitados.


En la entrada un tumulto pugnaba. Los que estaban adelante protestaban por el precio buscando una rebajita. Todos sabían que si formaban cola e ingresaban en orden, no habría ningún tipo de problemas. Pero eso estaba tácitamente prohibido. Adrián R se quedó muy cerca viéndolo todo y preguntándose: ¿A qué hora llegan?. De pronto sintió una mano en el hombro, al girar un tufo cálido de alcohol le empañó el rostro, escuchó una voz ebria que le hablaba.
-Causa, pásate un sencillo -el Negro Bruno trataba de asaltarlo; atrás, el Moquillo, sonreía burlón. Todo su grupo se había acercado a la puerta y lo miraban desafiante.


-Qué te hace pensar que te voy a dar -respondió Adrián R, seguro de sí.


El negro no encontró palabras para responder; pensó en algo, pero el mixto lo había adormecido impidiéndole producir ideas coherentes. En su cerebro circulaban imágenes rápidas como las secuencias de una cinta de cine. No pudo controlarlas.


-¡Tienes que darle! -gritó el Moquillo desde atrás.
-Si te doy me quedo sin entrada -respondió Adrián R sabiendo que era una excusa tonta.
-¿Y pa' qué crees que te pido plata? -alcanzó a decir el negro Bruno. Había levantado la voz amenazadoramente, luego agregó-: ¡Pa'mi entrada, pes, huevón!
Adrián R se sintió perdido. Estaba rodeado y nadie trataba de ayudarlo. Los que estaban cerca se arremolinaron en la puerta haciéndose los desentendidos.
-Sabes -dijo Adrián R-, no tengo nada, en verdad.
-Me vas a dar -gritó el negro Bruno-, o te...


El negro sintió una mano poderosa oprimiéndole el brazo, por eso no culminó la amenaza. Volteó el rostro. Una cara blanca y cachetona le sonreía, dos ojos vivos y expresivos, un cabello rapado. No lo reconoció y quiso zafarse. El Moquillo cobarde se colocó a un lado. Adrián R suspiró a salvo, eran Pocho Treblinka y Carlos Desperdicio, sus amigos.


-No le hagas nada, negro -dijo el Treblinka-, es mi pata.
El negro trató de liberar su brazo.
-Anda Bruno, es mi pata ¿no ves? Déjalo.


Bruno recuperó por un segundo la lucidez y reconoció al Treblinka, compañero de juergas en donde todos terminaban inconscientes. Sonrió mostrando una impecable dentadura.


-Sólo por que es tu pata -dijo y se alejó. El Moquillo lanzó una mirada inquisitiva a Adrián R y siguió a su amigo, los demás hicieron lo mismo.
-¿Qué pasó? -preguntó el Treblinka, su rostro estaba serio.


Adrián R en vez de explicar lo sucedido lanzó quejas contra sus amigos, aparentaba estar furioso, pero solamente lo hacia para fastidiarlos. Pocho y el Desperdicio explicaron su demora porque habían esperado al Innombrable más rato del debido. Fueron a Barrios Altos a ver si conseguían Coca. "Pero parece que había roche con la policía... No había nadie para vendernos."


-Vamos a tomarnos un trago -dijo el Treblinka, moviendo toda su cara de bebe gordo. Sus manos se movían de arriba para abajo cada vez que hablaba.


Carlos Desperdicio, advirtió que el concierto estaba por comenzar. "De repente no nos dejan entrar con las botellas" dijo acomodándose los lentes.


-¿Quién nos lo va a impedir? -dijo el Treblinka, alzando la voz-. Si no nos dejan entrar con las botellas rompo el concierto y todos se van a la conchesumare, ¿está bien?.


"Algo debió haber sucedido" pensó Adrián R. Pocho rara vez estaba agresivo. Recordó entonces que el gordo estaba limpio. No tenía coca para consumir y eso lo alteraba. "Seguro la policía ha intervenido el barrio... ¿Por qué, entonces, no golpeó al Bruno?


-Mejor entramos -dijo Adrián R.
-¿Y el Innombrable? -preguntó el Desperdicio-. ¿No lo vamos a esperar?
-A ese huevón ya lo esperamos demasiado -dijo el Treblinka-. Que nos encuentre adentro.


Como nadie hacía cola se fueron contra todo lo que estaba frente a ellos. Pocho Treblinka se abría paso gracias a sus cien kilos ceñidos en una casaca de cuero negra, un jean y borceguíes cuarenta y cuatro. Los otros caminaban detrás. Algunas chicas los contemplaban con curiosidad y ellos les hacían muecas grotescas. Empujaban solapadamente y escupían con mucha habilidad sin ser vistos. Las expresiones eran siniestras.


El forcejeo no duró mucho. Pronto estuvieron en la puerta. Pagaron e ingresaron por un pasadizo oscuro que llevaba a una entrada caleta. Hacia el fondo de ese acceso luces de colores iluminaban las paredes. Era un resplandor multicolor, semejante al que despide un prisma.


Adentro se colocaron cerca del escenario, en el lado izquierdo. Las paredes estaban pintadas de negro y adornadas con gráficos de color blanco. La tarima con los equipos de sonido y la batería se levantaba a un metro del suelo, sobre él un grupo afinaba sus guitarras. Detrás de ellos se alzaba una espiral dibujada en la pared. Los rayos de luces le cambiaban el color constantemente.


La sala estaba casi llena; aún así, seguían ingresando, en grupos o solos; lentos o bulliciosos; llamándose, insultándose, saludándose. Algunos estaban ebrios. Cruzaban por todas direcciones hasta encontrar un lugar apropiado donde se detenían, recostándose en la pared o sentándose en el piso. Todo parecía estar calculado.


Pocho Treblinka era el único con dinero en ese momento -siempre lo tenía- propuso a sus amigos comprar unas cervezas. El Desperdicio y Adrián R advirtieron no tener ni un inti. El Treblinka respondió con un "No importa yo las pongo". Rápido llegaron al bar. La mujer que atendía era vieja y sin dientes, aparentaba estar con el ambiente pues se vestía de manera juvenil, aunque de forma ridícula. Cuando hablaba seseaba insolentemente. Adrián R divisó un cuadro del Corazón de Jesús colgado arriba de carteles de Ian Curtís de Joy División y Sex Pistols. "¡Qué tal contraste!" Pensó. Se lo advirtió al Desperdicio y sonrieron de manera discreta.


Regresaron a su lugar, cada uno con dos botellas en las manos y las dejaron en el piso. Abrieron una y se sirvieron en un vaso descartable. Pocho Treblinka aún estaba alterado, hablaba y mentaba la madre a cada rato, se quejaba de todo. A veces se dirigía a Adrián R. Éste le escuchaba sin prestarle atención, pero igual el Treblinka no paraba de hablar. Carlos Desperdicio, le respondía, cuando se dirigía a él, con monosílabos. El calor aumentó. Adrián R se sacó la casaca atándola en su cintura. De pronto por los parlantes salió una voz tranquila: "Somos el grupo Pánico" y de inmediato las guitarras y la batería sonaron salvajes.


Con la furia de la música se inició una danza guerrera, era el Pogo, baile liberador de tensiones y buena terapia para sado-masocos. La danza se iba acelerando de acuerdo al compás de la música. " ...ni bien nacido te bautizaran y a ser cristiano te condenaran..." Los cuerpos rebotaban con violencia, los rostros transformados en un gesto de ira y dolor se sucedían uno tras otro. Los danzantes saltaban, se juntaban, hacían un remolino de brazos y piernas entrecruzadas, en el que las patadas y puñetes se propinaban sin discreción, para luego separarse, hacer convulsiones epilépticas y brincos berrinchosos. El ciclo se repetía cuantas veces se podía, parecía existir en el centro un eje imantado, al cual los bailarines eran atraídos y repelidos una y otra vez. Al terminar la canción, rostros enfurecidos aplaudieron a rabiar. Se escucharon algunos carajos y algunos mierdas, salidos de bocas anónimas, camufladas entre espaldas y penumbra. Adrián R se sintió eufórico y aplaudió con fuerza, luego bebió de un sorbo la cerveza de su vaso.


"Pánico" tocó varios temas, cada uno acompañado de sus respectivos pogos. Las canciones eran rápidas, el más puro Hardcore sucio y salvaje. Los tres amigos no se habían movido de su lugar a pesar de los bamboleos. El vaso se había hecho añicos por un pisotón. Ahora bebían del gollete.


Cuando el siguiente grupo estaba sobre el escenario hizo su aparición el Innombrable. En su rostro se dibujaba la clásica sonrisita desidiosa. Contra lo habitual, y para la sorpresa de todos, llegaba acompañado de una muchacha. Pero la sorpresa no duró mucho pues se trataba de Olga, una chica que había frecuentado el grupo muchos meses atrás. Adrián R la recordó apenas la vio, siempre callada y observadora, un poco baja para su gusto.


-Hola comadrita -dijo el Pocho Treblinka al verla-, te perdiste, ¿qué fue de tu vida en todo este tiempo?
-Nada especial -contestó Olga-, por aquí y por allá
El Innombrable explicó su demora. La había encontrado de casualidad: "Estaba parada, bajisospechosa, por el Centro y la acompañé a dejar unos encargados".
-¡Claro! -dijo Carlos Desperdicio-. Nosotros como cojudos esperándote, mientras que a Adrián casi lo violan.
-¿Cómo es eso? -dijo el Innombrable dirigiéndose a Adrián R- Cuenta pe compadre.


Pero no pudo contar nada porque en ese instante empezó el compás de un nuevo grupo. La música era más salvaje y el Pogo también. Olga de pronto fue empujada con violencia y se fue de bruces contra Adrián R. Quedaron frente a frente. Las manos de ella se habían posado sobre los hombros del muchacho. Éste la había atenazado por la cintura sintiendo los pequeños senos rozar su pecho. Sintió una sublime sensación de placer que no había experimentado en mucho tiempo. Se puso rojo sin decidirse a soltarla o quedarse así. Permanecieron, por unos segundos, mirándose, ojos contra ojos, hasta que ella muy delicada se libró del abrazo.


-Ven -dijo él y la colocó contra la pared para protegerla de los pogueros-, aquí no te va a pasar nada.


Pronto se dio cuenta que no podía ver el concierto. Se sentía incomoda de estar como una niña, porque nunca había necesitado que la protegieran. Se apartó y comenzó a empujar junto con el Desperdicio y el Treblinka. Reían cada vez que alguien caía al suelo y era pisoteado.


Adrián R la observó. Había sido del grupo por buen tiempo para luego desaparecer sin despedirse. Esa actitud no les extrañó por que así había sucedido con varias amigas de las cuales nunca más volvieron a saber. A pesar de todo, ella había caído bien por ser diferente. Era de otro tipo. Las otras se regalaban, estaban llenas de gollerías. Olga nunca se insinuó frívola; disfrutaba más de la compañía del Treblinka y del Innombrable, con ellos conversaba. En las discusiones opinaba y se mantenía terca en su verdad; cuando había oportunidad se mostraba solidaria hasta el extremo sin pedir nada a cambio. Parecía tener un interés oculto hacia ellos. Adrián se había percatado, pero ignoraba si los demás también.


Hasta entonces no la había tomado mucho en cuenta. Siempre la consideró chata y regularona, pero en ese instante en que la observaba bien se reprochó lo tonto de no haber reconocido su atractivo. Tenía un cabello bastante cuidado, sostenido con un gancho pequeño que dejaba caer unos rizos casi marrones, más abajo de los hombros. Su cintura breve y sus caderas amplias se ajustaban bien al jean. Las piernas eran algo delgadas.


Cuando acabó la canción, Olga, se volteó hacia él y sonrió. En su mejilla se formó un hoyuelo. Adrián la miró fijamente y notó que aquel rostro claro, de ojos pequeños, nariz mediana y labios delgados no tenía una pizca de maquillaje, solamente los ojos estaban delineados. Tampoco advirtió que detrás de ese rostro se escondía un temperamento no acorde con su apariencia.


-Creo que me he torcido un dedo -dijo Olga.
-A ver -dijo Adrián.


Tomó la mano pequeña de la muchacha y la sintió bastantes suaves. Sin soltarla preguntó.


-¿Tú, lavas tu ropa?
-A veces -respondió extrañada-. Tengo lavadora.
-De razón -dijo Adrián R y agregó-: Si te duele, tú tienes la culpa por estar empujando a la gente.


La música volvió a sonar y el alboroto se adueñó otra vez del recinto. Olga sentía mucho dolor en el dedo y se colocó contra la pared para descansar.


-No te preocupes -dijo Adrián R-, pronto te pasara.


Sonrió. Lo vio igual que antes. Físicamente era el mismo. Con esa casaca de jean que no se quitaba nunca y el cabello parado y rapado a los costados. Siempre alto y encorvado. Era el siempre distante Adrián R que nunca conversaba con las chicas, pues siempre estaba hablando con el Innombrable o con el Pocho Treblinka sobre temas diversos. Era sorprendente cómo conocía muchas cosas a pesar de no estudiar y ser un vago. Muchas veces había tratado de entablarle conversación, pues presentía que no era sobrado, como lo afirmaban las otras, sino un poco tímido, pero nunca pudo. Recordó la tarde cuando caminaban por Lince y él se encontraba adelantado. Apresuró su paso para estar a su lado cuando de pronto un loco, con el pelo de rastafari y calato, se apareció de quién sabe dónde con la intención de tocarla. Adrián R la protegió con su pecho y espantó al loco con la mano. Ella había pegado un grito fuerte que causó risas hasta hacerla avergonzar. "Fíjate bien, la calle siempre trae sorpresas", le dijo. La soltó y caminó como si nada hubiera sucedido. Fue el único acercamiento que tuvieron. También recordó aquella vez cuando se desplomó al piso producto de un mareo y Adrián R no se movió para recogerla a pesar de ser el más cercano. Por eso le agarró antipatía. Y ahora se preocupaba por su dedo lastimado. "Tan rápido ha cambiado".


-¡Eres blanquito igual a tu padre! -gritó el cantante del grupo, los otros integrantes le hicieron coro-: ¡púdrete pituco reconchatumadreeeeeeeeeeeeee!


Con ese tema "SdeM" finalizaba su recital de lisuras contestatarias. Eran los más radicales. Muchos de sus seguidores los idolatraban hasta el extremo de alzarlos como líderes de una identidad clasista. Esos incondicionales aplaudieron rabiosamente, gritando consignas que se hacían confusas por el cruce de voces.


Cuando estuvo vacío el escenario, un muchacho de camisa a cuadros, y borceguíes de caña alta, tomó el micrófono y dijo:


-Quiero hacer un homenaje al Beni. Él ha sido asesinado por la represión fascista, pero quiero decir que ¡¡¡Beni no ha muerto!!! Muchos seguirán su ejemplo, conchasumare, ¡¡¡Beni no ha muerto!!!
-No, no estaba muerto -gritó el negro Bruno-, andaba de parranda.
-¡Beni no ha muerto! -continuó el muchacho sin hacer caso.
-No ha muerto, causa -gritó otra vez el negro-. Está acá a mi lado, nos vamos a fumar un mixto.


Nadie manifestó su repudio contra quienes, el muchacho, culpaba de la muerte de su amigo. Sin respuestas se bajó con más odio que cuando había subido. El Innombrable se burlaba de la escena y de las consignas disparadas desde los rincones más oscuros. "Sólo groserías y mierdas, nada más; hasta allí llega su radicalidad, malapalablantes eso es lo único que son". Describía aquella rabia como inútil, desviada para lo que proponía: La Revolución.


-Tiempo que no se te veía -dijo Adrián R a Olga, acercándose un poco para hacerse escuchar.


La muchacha estaba ensimismada mirando al subte que había hablado, como si supiera algo más o como si hubiese conocido al Beni. Adrián le recalcó la pregunta y ella dio un sobresalto. Parecía despertar de un sueño o salir de una reflexión.


-¿Si? -preguntó extrañada.
-¿Qué estuviste haciendo? -dijo él- Al parecer algo importante, pues ni te asomaste.
-Sí, estuve realizando actividades bastante importantes para mí…-dijo ella- "¿Cuándo tú te preocupaste si estaba con ustedes?", pensó.


Olga recibió la botella y bebió del pico. El líquido helado le raspó la garganta. Repitió otro trago y lo pasó a Adrián R, quién apuró uno largo y ansioso.


-No sabes lo que te perdiste en este tiempo -dijo Pocho Treblinka a Olga.
-Pucha, ocurrió un montón de cosas -dijo el Innombrable-. El Desperdicio tuvo su hembrita, casi se casa.

-Anda -dijo Olga sonriendo- Tú, Carlitos Desperdicio, con mujer. Y tan inocente que se te veía.


Carlos Desperdicio nunca fue de su agrado y ella tampoco para él. Ambos sabían disimular su mutua animosidad. Él era huraño, por todo discutía y reclamaba, aparte sus lentes lo hacían antipático.


-Sí, me he dado cuenta. Muchas cosas han cambiado -dijo ella, miró de reojo a Adrián R y agregó-: Hay personas que se han humanizado.


El calor había aumentado. La energía del Pogo era la causante. El humo de los cigarrillos los envolvía en una bruma de tabaco y mal aliento, a sobacos y alcohol. Adrián R no escuchó lo que Olga había dicho y preguntó:


-¿Qué tipo de actividades realizabas?.
-Son actividades, me disculpas, que no te puedo contar.
-¿Por qué?
-De repente en un futuro cercano te lo diré.
-Quieres decir que seguiremos viéndonos.
-Claro ¿por qué no?
-Ojalá no desaparezcas como la última vez.


Olga se calló y pensó: "Definitivamente ha cambiado o antes se hacía el interesante o ahora está interesado en socializarse". Adrián R tenía la botella, bebió el último sorbo y quedó ensimismado, pensando en nada o tal vez en todo, mientras un nuevo grupo iniciaba su participación.


La música era igual a las anteriores: rápida y primitiva. La mayoría de los presentes no conocía el nombre de la banda, pero eso no les importaba. Sólo les interesaba destornillarse en el Pogo, beber hasta morir y drogarse; en suma, escapar de la realidad, desfogar con violencia la tensión de vivir en una ciudad salvaje.


Pocho Treblinka invitó a Adrián R para ir a comprar más cerveza. Se encaminaron hacia el bar. Los pogueadores hacían difícil el paso, pero igual avanzaron. A unos metros Adrián fue demorado y el Treblinka se adelantó. Quiso alcanzarlo, pero no pudo, el tumulto de gente se había concentrado en ese lado y le impedía llegar hasta él. No había perdido de vista a su amigo, por eso vio cuando era jaloneado por unas sombras cerca de la puerta de entrada. Quiso distinguir quienes eran, pero las luces de colores deformaban todo. "Están asaltándolo" pensó y se acercó lo más rápido posible, empujando a lo que se interpusiera en su camino. Cuando llegó, cuatro uniformados entraron con los fusiles en alto. El Treblinka ya no estaba. Más policías entraron atropellando con fuerza.


Adrián R se acordó de Olga y retrocedió para buscarla, pero fue en vano, el local era un loquerío, algunos se metieron en los baños en busca de una inexistente salida. Otros se iban juntando y gritaban que nadie se separe. Ya la música se había apagado y se veía una batería solitaria sobre el estrado. Adrián R estaba confundido. Un muchacho extremadamente flaco de cabello largo y ondulado gritaba: "No me caguen mi vacilón, no me caguen mi vacilón, policía no, policía no". Evidentemente estaba ebrio. En su confusión Adrián R retrocedió hasta chocar con el desorden, tenía la sensación de que todo estaba oscuro. No sabía si seguir retrocediendo o si quedarse parado, escuchó el coro de una canción de Narcosis -Sucio policía verde, actúas por conveniencia, sucio policía verde, defiendes la decadencia- cantado a sus espaldas por unos exaltados. Esto provocó una reacción más violenta de los policías quienes se sintieron ofendidos en su honor -El honor no es tu divisa, tu divisa es la corrupción- "Contra la pared, carajo" gritaba un sargento trinchudo y barrigón. Con su vara golpeaba todo lo que estaba delante, sin importarle si era hombre o mujer. Adrián R trató de ubicar a Olga, a Carlos Desperdicio o al Innombrable pero sólo vio rostros furiosos, aterrados y empapados de sudor. Pensó en el Pocho Treblinka sin recordar que había sido el primero en ser detenido y que ya estaba dentro del portatropas estacionado en la calle.


Cuando la situación estuvo en manos de los guardias los hicieron salir en fila india y con las manos en la nuca. Por la mente de Adrián R pasó una idea entre heroica, ingenua y suicida: "Si perdiéramos el miedo podríamos ir contra los tombos" pero como nadie pensaba igual que él se dijo "Yo solo no puedo hacer nada y, al final, ¿de qué serviría?".


Por el pasadizo oscuro vio la puerta de salida y las siluetas de los que subían al portatropas llamado "La Burra". Una vez dentro eran amontonados como carneros. Nadie decía nada, al que reclamaba lo callaban de un varazo o de un culatazo. Subió y lo sentaron en el piso del camión. Sintió más frío. La transpiración, junto con la humedad del carro, producía un vaho que picaba el olfato. Gracias a la luz filtrada entre los agujeros de la capota oxidada, pudo ver algunos rostros. No halló ninguno conocido.


Al rato partieron. El smog se colaba por todos lados haciendo lagrimear a todos, incluido los policías. Un guardia joven que se había emplazado en la puerta ordenó que bajaran las cabezas y amenazó con romperlas si alguno la levantaba. Adrián R obedeció sin sentir vergüenza por la humillación. Sólo deseó que los llevaran a la comisaría de El Sexto porque era la más cercana a su casa.