I
Los
tiempos eran feos. La guerra interna era la principal desgracia, y
como ésta nunca llega sola, trajo invitados nada especiales:
Inundaciones, epidemias, paquetazos, escasez, inflación y todos
los problemas habidos y por haber; aparte, claro está, de un
presidente blablabla, de funcionarios corruptos, de una represión
impune y un genocidio sistemático ejercido por el estado, con
sus injustas medidas para combatir la crisis económica. Todo
esto abatía el espíritu de los peruanos. Faltaba, nada
más, el terremoto apocalíptico que diera el tiro de
gracia, ¿o desgracia?, para hundir al país por completo,
lo cual provocaría una intervención extranjera encabezada
por los Yunaites, de seguro, apoyada por nuestros fraternales vecinos,
o en el peor, ¿o mejor? de los casos, crear las condiciones
objetivas para que las huestes de Gonzalo cercaran las ciudades desde
el campo y aplicaran así, el puntillazo final a la joven democracia
del país, si es que se la podía llamar así.
El viejo Volkswagen anaranjado había recorrido casi media mañana.
El padre de Adrián R se sentía un poco fastidiado; sólo
había tenido dos pasajeros hasta ese momento. Uno había
sido un anciano que iba a atenderse al Hospital Obrero. El señor
había regateado tanto que fue llevado más por lástima
que por otra cosa. El otro fue un muchacho de clase media. Había
subido sin reproches por la tarifa y pidió ser llevado hasta
el jirón Cárcamo. Una vez allí bajó y
el señor tuvo que esperar al lado de una bodega tétrica,
rodeada de seres oscuros con caras de pesadilla. En el piso los restos
de cigarrillos de pasta básica se llenaban de tierra. Entre
ellos los pastrulos morían en su sueño de kerosene y
tóxicos. Cuando regresó lo llevó hasta un barrio
en Surco. En el trayecto hablaron de fútbol. "Alianza
se va para campeón" dijo el muchacho. "Todavía
falta, no vaya a ser como el año pasado que nos quitó
el título San Agustín" dijo el padre "No,
maestro, con ese Escobar que está diablo, fijo que campeona"
replicó el muchacho. "Esperemos que sea la de Dios"
dijo el padre.
Las grandes calamidades sociales tienden necesariamente a tener influencia
sobre las individualidades y sobre todo en la particularidad de sus
calamidades. Adrián R lo consideraba de esa forma. Era el vigésimo
sexto día que no veía a Olga y eso para él ya
tenía olor a tragedia. Su madre había permanecido dos
semanas en el hospital debido a los golpes recibidos en el asalto
y aún se mantenía en observación. Su padre tenía
que trabajar el doble para poder comprar los medicamentos que el Seguro
Social no les podía dar, pues siempre tenía el stock
vacío; no era ninguna novedad, el conseguir dichas medicinas
en una farmacia implicaba desembolsar sumas de dinero que en la mayoría
de veces no tenían. Adrián R le decía a su papá
que la Seguridad Social, era un rezago del nazismo. "Con las
SS industrializaron la muerte para matar judíos, y estos hijos
de puta nos matan igual con atención pésima y sin tener
nunca los medicamentos adecuados. ¿No es mucha casualidad que
las iniciales sean también SS?". Por este motivo salía
poco. Junto a su hermana veían lo de la casa, el mercado y
la limpieza; pero, se dio maña para escaparse en varias oportunidades
e ir a buscar a Olga. Nunca la encontró. El dinero que su madre
tenía guardado en su brasier y que el Peque y el Perro Flaco
no pudieron arrebatar se había esfumado como por arte de magia.
La señora no pudo evitarlo pues había estado totalmente
inconsciente. Se sospechaba de los policías o de los enfermeros
del hospital.
Pero ese pasajero había bajado hacía horas y hasta ese
instante nadie se dignaba a levantar el brazo para una carrerita,
"¡Carajo! pensó el padre, cuando uno está
más necesitado, más nos jode la vida". A pesar
de esto no pensaba en volver a su casa. Aún le faltaban horas
de trabajo. Tenía que sacar unos setenta mil intis para la
comida y para el tratamiento de su mujer. Unas cuadras más
allá de esa avenida en Pueblo Libre, vio un brazo extendido.
Rápido se adelantó a un chevrolet decrépito y
se cuadró delante de un joven flaco con manchas en el rostro
y anteojos que parecía no saber dónde estaba parado.
"Qué hay primo, dónde te llevo". El joven
explicó unas calles cercanas al hospital de Bravo Chico. "Eso
está lejitos. A ver que sean cuatro mil intis". Sin regatear
el joven subió. El señor tuvo una pequeña sospecha.
Miró la imagen del Señor de Los Milagros colgada del
retrovisor y se encomendó a él, persignándose.
"Soy el primer cliente" preguntó el joven. "No,
este... Sí, amigo, usted es el primero. Espero me traiga suerte"
dijo el señor pisando el acelerador.
La muerte de Raúl le había afectado bastante. Se había
enterado al siguiente día cuando iba a recoger unas batas para
su mamá. Una foto en el Última Hora se lo hizo saber.
Raúl aparecía acurrucado dentro de una especie de nicho,
su carita estaba negra y tenía un rictus de tristeza. Pudo
reconocerlo por la chompa con el nombre del colegio que ambos le habían
dado días atrás. Corrió sin parar hasta la casa
de Olga, olvidando las batas y a su padre que lo estaba esperando.
Deseaba avisarle, pero no encontró a nadie. Tocó y tocó
el timbre y nada, se retiró intrigado y con la angustia de
no tener respuestas ni salidas. En esos días los diarios explotaron
la historia del niño. Por ellos se enteró que nadie
reclamaba el cuerpo. Lima se había conmocionado con esa muerte.
Varias entidades caritativas se encargaron de evitar que el cadáver
fuera llevado a la fosa común y la vida de Raúl fue
utilizada como ejemplo para sensibilizar a la población sobre
los niños de la calle. Lo velaron en el albergue infantil,
justo el lugar al que no quería volver. En el entierro fue
paseado por sus amigos del Hondo quienes no derramaron ni una lágrima.
Consideraban todo como un juego. Correteaban por aquí y por
allá. El Pepito, Rebeca y Fernanda hacían muecas a las
cámaras de televisión. El Peque y el Perro Flaco vislumbraban
qué de bueno podían sacar. Ni siquiera cuando lo vieron
dentro del ataúd se conmovieron; es más, el Mocos lo
comparó con un churro frito. La televisión y los diarios
llevaron a todo el país el momento de la inhumación
en un nicho donado por algún caritativo. Allí tampoco
nadie lloró y al tercer día, no resucitó, más
bien fue reducido a la nada, pues todos se olvidaron de Raúl
y de los demás niños. La capital regresó a su
habitual insensibilidad.
"¿Y cómo va la chamba?", preguntó el
joven. El padre argumentó que regular. "Tener taxi te
da, pero para cosas básicas". Esquivó un bache
y violentamente dio una frenada. "Maneja bien burro de mierda"
le dijo a otro chofer que se había metido intempestivamente
en su carril. "¿Antes en que trabajaba, maestro?",
preguntó el joven. "Yo era obrero en una fábrica
de alambres y clavos, en la época de Velasco... Y para qué,
pues joven, yo estuve bien en esos años, siendo obrero nada
más, obrero calificado". Y entonces ese día, que
ya era un recuerdo desde hacía años: El gerente de relaciones
industriales se acercó donde ellos y les comunicó que
iba a haber una reunión de los dueños con todos los
trabajadores, sobre el decreto del gobierno acerca de las comunidades
industriales, y fue pues que todos sonrieron e ilusionados se fueron
a sus casas: por fin seremos dueños de nuestro trabajo, ¡¡¡Kausachum
Perú!!! Y la reunión se dio, todos allí congregados,
como uno solo. Señores, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas
Armadas ha decretado crear a escala nacional las comunidades industriales,
con la cual los trabajadores tendrán acceso al accionariado
de la empresa y a un porcentaje en las utilidades de la producción
mensual. Por eso pasaremos a explicarles en cifras. Y después
de una pormenorizada explicación de números, porcentajes
y ganancias, todos los trabajadores soltaron un viril ¡¡¡¡Viva
el Perú!!! ¡¡¡Viva el chino Velasco!!! Y
todos volvieron a sus hogares mirando su futuro, allí nomás,
cerquita, y también el progreso de la patria. Sólo tenían
que trabajar duro y parejo, y el porvenir vendría solo y así
vinieron los buenos tiempos. Tiempos que Adrián R recordaba
cuando su padre llegaba con caramelos y una sonrisa del trabajo y
su madre hacía un almuerzo y una cena distinta con sopa y todo;
y sus uniformes comprados en Scala Gigante, pantalones Cónsul,
¡no se arrugan ni a la fuerza! Y sus juguetes y su pelota Vinibol
del cholo Sotil y en verano a pasear a Chosica o a la playa con ollas
de Arroz con Pollo. Y para navidad: Pavo, panetón y champaña
y todo gracias al fondo de los trabajadores, todo gratis, gracias
Velasco, chino lindo. "No le creo maestro" dijo el joven.
"Sí, amigo, esos fueron buenos años".
A la semana del apagón o de la muerte de Raúl o a los
tres días del entierro se encontró con Olga en un concierto
de Surquillo. Desde allí ya no la volvió a ver y ya
iba a ser un mes. "¿Qué sucedió?" preguntó
el Miki Tifoidea, estaba pálido casi no parecía oriundo
de San Martín. Sus meses de estadía en los Yunaites
le habían aclarado la piel. Estaba de regreso y se tomaba unas
cervezas con Adrián R en un chifa del Ovalo de Breña.
"Nada, causa, no ocurrió nada" dijo Adrián
R. "Cuenta pe'mira que recién he llegado y no sé
nada de la mancha, estoy más perdido que Marko buscando a su
mamá" dijo el Tifoidea. Adrián R tomó de
sopetón su cerveza y dijo cambiando de tema: "¿Ves
a ese chino?. Es el dueño de este chifa... Es un pastrulo".
"Anda no te creo" dijo el Tifoidea. "En serio, en las
noches se pastrulea con los del barrio". "Seguro fuma más
que chino en quiebra, jajaja". "¡Más! Alucina
que a este lugar le llaman el chifa Fu-Man-Pay y a él, el chino
Fu-Man-Chu". "Ja, ja, ja qué buena". El chino
en mención se encontraba frente a ellos. Con paciencia milenaria,
los observaba, a la vez que acariciaba el mango del sable chino, usado
por los guardias rojos para descocar a los revisionistas en la época
de la Revolución Cultural. Lo acariciaba con lujuria. Sospechaba
de los dos. Ellos se encontraban en la mesa más cercana a la
puerta de calle. Desde allí muchos le habían hecho perromuerto
y esta vez no lo iba a permitir fácilmente.
Entonces vino la segunda fase, sacaron a Velasco y entró Morales
Bermúdez. Las comunidades industriales poco a poco fueron siendo
hostilizadas. "Aunque a pesar del felón yo seguía
bien, tenía mis acciones y todo" Y llegó el día
de una reunión extraordinaria y como en la primera todos estuvieron
presentes. Pero las noticias no fueron muy gratas. El presidente del
directorio habló que se iba "Voy a vender mis acciones".
¿Por qué? se preguntaron todos, la fábrica rendía
buenas utilidades, producía clavos y alambres de altísima
calidad, exportaban a varios países y se iba para más.
Es que todos los indicios de las próximas elecciones nos dicen
que el ganador va a ser el Arquitecto y por lo que sabemos, ellos
no van a permitir que una fábrica creada por los militares
siga produciendo ganancias como ésta. "¿Y qué
hicieron, maestro?". "Esperamos confiando en que un demócrata
no haría eso". Pero se equivocaron porque lo hizo. Ya
en democracia las acciones del presidente del directorio y de otros
socios fueron compradas por unos allegados a un ministro de economía
de ese mandato. Estos nuevos dueños hicieron quebrar la empresa
con ayuda del gobierno. "Compraban a Corea alambres más
baratos y de menor calidad y ya no a la fábrica" Entonces
la declararon en quiebra. Compraron las acciones de los trabajadores
a mucho menor precio y luego de esto los despidieron. "Con lo
que me dieron pude comprar este carrito". Luego de unos años
reflotaron la empresa, pero ellos ya eran los dueños absolutos.
Ellos, en realidad, no pensaban hacerle perromuerto al chino. Bebían
tranquilos. Cuando se acabaron las botellas el Tifoidea pidió
dos más. "Heladas, por favor, que estoy como pingüino"
dijo e insistió para que Adrián R le contara lo sucedido
en Surquillo. "Ya vez, chochera, recién llego, te pongo
las chelas, te cuento de esa gringa a quien le metí más
huevo que a sartén de chifa y me tratas así, eres más
malo que Ronald Reagan". Adrián R se rió, se rascó
una oreja, levantó la mirada al cielo y después de un
gran suspiro abrió la boca. "No causita, es una cuestión
que hasta ahorita no comprendo y es bastante difícil de explicar".
"Pero qué carajo es, mierda, la haces más larga
que chalina de Jirafa, oe". "Bueno, es..." Y comenzó
a hablar sobre ese día, hace muchos días, cuando vio
a Olga, junto a un pata y rodeada de algunos subtes. El concierto
no empezaba aún, pero igual nadie tenía apuro, todos
esperaban. Un grupo tomaba Pisco, el barato de siempre, los más
lacrosos tenían un trago más barato aún: El Trago
Antitodo. Eso bebía ella junto al Pocho Treblinka, el Innombrable,
Carlos Desperdicio, Erick, el Negro Bruno y el Moquillo. Al lado de
Olga estaba el Intelectualoide un tipo que los frecuentaba de vez
en cuando y que la había estado afanando tiempo atrás,
el chisme fue que llegaron a ser pareja, pero en realidad fueron sólo
habladurías. También se decía que estaba metido
en la terrucada y que tarde o temprano pasaría a la clandestinidad.
Lo llamaban el Intelectualoide por que su plática llegaba a
aburrir rematadamente a todos. Además, por su pinta desaliñada,
de alumno aplicado con anteojos, cabellos largos revueltos y la faz
de estar siempre tenso. Por eso le tenían cierto rechazo. Si
estaba allí era porque había llegado con Olga. "Hola
con todos" dijo Adrián R. Olga le envió una mirada
triste. Se acercó a él y le estampó un pequeño
beso en los labios. Todos hicieron risitas maliciosas. Sin comentarlo
intuyeron lo que sucedía entre ambos. El único incomodo
fue el Intelectualoide. Olga después de eso apartó unos
metros a Adrián R y le preguntó en voz baja si sabía
lo de Raúl. "Claro, cómo no voy a enterarme si
estaba en todos los periódicos, te busque varias veces pero
no te hallé ¿En donde te habías metido, ah?".
Ella lo abrazó. "Todo el tiempo estuve cerca. Cuando me
enteré fui a varios lugares para saber qué le había
pasado. Un cable lo había electrocutado. Mi mamá se
contactó con unos conocidos suyos, esos de quienes te hablé,
y con ellos pudimos enterrarlo, sus amiguitos sólo sabían
que se llamaba Raúl". Olga contó todo lo que había
tenido que pasar para lograr eso. Las trabas burocráticas,
la insensibilidad de las autoridades que lo querían mandar
a la fosa común y demás injusticias que fueron reviviendo
el antiguo odio en su ser; odio que creía superado y que había
revivido con mayor fuerza. Ahora estaba junto a quien había
anhelado encontrar; pero, no era el único motivo para haber
ido a ese concierto, existían otros motivos mucho más
trascendentes para ella.
"En verdad amigo que son unos hijos de puta" dijo el padre
de Adrián R. "Tiene razón, maestro, pero, Velasco
fue un dictador. Además no hizo una revolución, sólo
reformas". "Sí, pero a él no lo dejaron terminar
las cosas. Con él todo hubiera sido mejor. Además, amigo,
él fue para mí un revolucionario, pues quién
carajo le da a los trabajadores la posibilidad de ser dueños
de la empresa en que trabajan y sepa usted bien que la democracia
no se come". El Volkswagen se había detenido en el atoro
de la plaza Grau. Ambos conversaban animadamente. El señor,
había perdido la desconfianza, qué choro te habla de
política. Ellos sólo hablan del potazo de Amparo Brambilla
y la salsa de Hector Lavoe. "¿Maestro, usted fue sindicalista?"."Por
supuesto amigo, yo participe en aquellas jornadas de lucha, sobre
todo en aquel 19 de julio de 1977; el paro que tumbo al Felón".
El muchacho dejó escapar una sonrisita burlona. El padre de
Adrián R no pudo notarlo, el smog de la congestión le
hizo carraspear la garganta y le irritó los ojos, transportándolo
hacia la avenida Argentina aquella mañana fría y de
llovizna ¡Hace una década! En el punto donde confluirían
los demás compañeros sindicalistas de las fábricas
de esa avenida y del Callao. Pertenecía a la Federación
de Trabajadores Metalúrgicos afiliada a la CGTP la cual había
convocado a ese paro total y nacional. Sí, a pesar de los rompehuelgas
de la CTP aprista que nos habían traicionado y no se habían
plegado porque no les convenía, como siempre habían
hecho esos oportunistas. Estaba junto a sus compañeros levantando
la enorme banderola roja con letras amarillas que convocaba a luchar
contra la dictadura, contra el Felón y contra el inefable ministro
de economía, vendepatria y vendeobreros. Las caras mestizas
y curtidas, los ojos alertas, todos sudorosos. La tensión iba
en aumento pues en cualquier esquina aparecería la guardia
de asalto en tanquetas verdes y con el jodido rochabus plomo y oxidado,
aparte, claro está, de los gases lacrimógenos y de los
varazos. La idea era continuar la marcha hasta la plaza Unión,
juntarse con otros gremios y encaminar hasta la plaza Dos de Mayo,
al local de la CGTP donde se realizaría el mitin central. Las
calles estaban desiertas. Se sentían desamparados, porque pensaban
que sólo en Lima ellos con otros sindicatos estaban protestando.
Pero, por las radios a pilas de los compañeros pudieron saber
que toda la capital estaba sin transporte y también en la mayoría
de ciudades. ¡Todo el Perú había acatado el paro!
Entonces se dieron más valor, porque estaban realizando una
jornada histórica que recordarían sus hijos y sus nietos,
el día en que el pueblo dijo: ¡No a la opresión!
Por eso las arengas eran más y más fuertes y avancemos
compañeros que nada nos detiene. Ya no es sino hay solución
la huelga continua, sino, abajo el vendepatria y explota obreros del
ministro de economía, afuera el Felón y su séquito
de traidores que sacaron a Velasco y detuvieron las reformas, sí,
avancemos compañeros un solo puño izquierdo hacia el
cielo, un pecho rudo contra la represión y un paso firme en
el asfalto que por esto nadie dirá que el pueblo peruano y
trabajador no es combativo, y vamos, vamos que estamos cerca y cuidado
que en esa esquina está la reacción de verde, hermano
policía tú también eres explotado déjanos
pasar, que también reclamamos por ti y tu familia y tu futuro,
pues el cinco de febrero del 75 fueron aplastados tus patrulleros
y tus derechos por eso únetenos porque tú eres el pueblo
uniformado. Pero ellos no los iban a dejar pasar. El primer contingente
de guardias de asalto con sus largas varas, sus gases y sus rústicas
botas ya habían hecho un cordón frente a los manifestantes
quienes se acercaban sin miedo, avancen compañeros no nos paran,
somos más y más unidos y entonces salió disparada
la primera bomba lacrimógena que cayó cerca al papá
de Adrián R. Este la recogió -había mojado su
polo y lo había amarrado a la altura de la nariz- y calculando
la aventó bombeadita introduciéndola dentro de la tanqueta
repleta de policías, quienes comenzaron a salir despavoridos,
asfixiados, y fue pues que los trabajadores se envalentonaron, nadie
nos detiene, cerrando filas contra los otros guardias que arremetían
con sus varas en alto dispuestos a golpear, pero nadie se movió
de su sitio y el choque fue brutal y volaron palos, piedras y bombas
de gas, y cayeron policías junto a trabajadores con las cabezas
rotas o la espalda moreteada y después de unos minutos de golpes
los últimos fueron dispersados, pero se reagruparon más
allá y siguieron cuadra a cuadra por las calles aledañas
con el único objetivo de llegar a la plaza Unión. El
padre de Adrián R no soltaba la banderola, junto a otro compañero
evitó que los policías la pillaran como sí lo
habían logrado con las otras. Era la última que quedaba
y se convirtió en el faro de referencia para los rezagados
quienes pugnaron con fuerza para llegar hasta donde ella... ¡Y
llegaron! Y los policías humillados tuvieron que pedir refuerzos,
pero con todo y eso la marcha avanzó más y fue creciendo
a cada cuadra y llegó a la plaza Unión que era otro
campo de batalla y haciendo otra vez frente a los guardias de asalto
pudieron avanzar y por fin llegar a la plaza Dos de Mayo donde miles
coreaban consignas contra el Felón, un solo puño izquierdo
al cielo, un solo pecho contra los guardias, felicitaciones compañero
esa banderola que usted defendió fue el símbolo de nuestra
lucha por llegar hasta acá y acá estamos. Lo hice por
todos, y mis compañeros también... "¡Ah carajo
no le creo maestro!" dijo el muchacho. El señor sin salir
de sus recuerdos respondió: "Así fue ese día.
Meses después convocaron a elecciones para la Asamblea Constituyente
y volvimos a la democracia... y con ella, mi desgracia".
"Le has contado a alguien" dijo Adrián R. "¿Sobre
qué?" preguntó Olga. "Sobre que nosotros conocíamos
a Raúl". "No". La cuadra cinco de Gonzáles
Prada en Surquillo era la típica del barrio marginal: Casas
chatas de una puerta y una ventana; fachadas sucias, veredas rotas
y pistas con huecos. En cada esquina los postes tenían los
focos rotos y sólo las luces de las casas le daban un poco
de visión a los transeúntes. La tarde moría.
Los vecinos estaban algo tensos porque jóvenes de aspecto extraño
habían estado invadiendo sus calles desde varios sitios y se
congregaban, sin pedirle permiso a nadie, en la antigua bodega del
japonés Hiro. Ni siquiera se inmutaban cuando los palomillas
del barrio les lanzaban insultos a los recién llegados, pero
no eran tomados en cuenta. Como siempre, los grupitos estaban congregados
alrededor de la puerta, bebiendo, fumando. Parecía que algo
iba a suceder, muy pronto. "¿Y causita, por qué
tanto secretito con la Olga?" dijo el Treblinka. "No, no
pasa nada" dijo Adrián R. "Entonces vengan que ya
vamos a entrar" dijo el Innombrable. Se acercaron y le ofrecieron
el trago a Adrián R, pero no aceptó, Olga tampoco. "Los
Bandera Negra van a hacer algo para hoy" dijo el Innombrable.
"No, causita, ¿quién te ha dicho?" dijo el
negro Bruno. "A mí también me avisaron. Espero
se concrete en algo positivo" dijo el Intelectualoide acomodándose
la cabellera grasosa. El negro Bruno volvió a negar. Era de
los Bandera Negra, fuerza de choque integrada por los más bravos
de la mancha subte. "Jirón Gonzáles Prada, buen
sitió, como el maestro" dijo el Intelectualoide mirando
a su alrededor. "Sí, los viejos a la tumba y los jóvenes
a la acción". "¡Claro!". "Entonces
por qué no te vas de una vez a tu tumba, Intelectualoide".
"Ja, ja, ja". Cuando se terminó el trago, entraron
al concierto. El local había sido una tienda. La puerta era
enrollable, como las que tienen todas las bodegas de Lima. En la parte
superior tenía rejillas que dejaban entrar algo de oxigeno.
Estaban programados para tocar como diez grupos, entre ellos Kaos,
Eutanasia, Amnistía Política, etc. Había gente
de todo tipo, estudiantes, newways, zopilotones, postpánicos,
pankekes, jarkores, incluso unos poetoides con pinta de jipis. No
se contaba aquí a los infiltrados de la policía. Más
allá unos metaleros tanteaban el ambiente. En sus miradas había
un aire de rechazo. Sobre el escenario un grupo debutante que no dio
su nombre comenzó a torturar los equipos, el concierto se iniciaba
y también el pogo.
"Ta'que la avenida Grau es bien jodida" dijo el padre de
Adrián R. "No tengo apuro... ¿usted qué
opina sobre las acciones guerrilleras? dijo el muchacho, algo serio.
El padre de Adrián R formuló lo que pensaba, nunca se
había callado la boca cuando conversaba sobre ese tema, sus
años de taxista le habían llevado a platicar con policías,
militares, profesionales, estudiantes o simples ciudadanos, con todos
el tema obligado era la situación del país y pudo comprobar,
como iban las cosas o como las llevaba el gobierno, todos tenían
la convicción de que Sendero iba a ganar y si llegaban al poder
esperaban que pusieran el orden que el Perú necesitaba. "Mire
amigo, el Perú es un caos: Narcotráfico, corrupción,
una economía en quiebra y un ejercito y policía que
sólo sabe matar y robar. Todos piensan que Sendero va a llegar
al poder y muchos están de acuerdo, porque el pueblo ya se
cansó de los abusos. El país necesita mano dura para
poner el orden necesario, contra todos esos que la han cagado".
"Pero, maestro, usted aún no se define". "No,
joven, soy un simple taxista, tengo mi esposa y mis hijos, si no trabajo
no comen". "Pero yo no me refiero a eso... ¿Usted
está o no está con la revolución? -¿La
revolución caliente? Para rechinar los dientes, azúcar
clavo y canela, música para las muelas, pensó el padre
de Adrián R- El señor volvió a desconfiar, pensó
que tal vez el muchacho era un soplón; tomó aire y qué
mierda lo que pase, se dijo. "Mire yo pienso que está
bien, pero me parece que sus métodos son exagerados".
"Toda revolución es sangrienta". "Bueno, si
usted lo dice... ¿Es por aquí, no?. "Sí,
siga por esta calle".
Kaos se despidió con "Ayacucho centro de opresión"
su tema fue el más pogueado y coreado por la gente. Antes de
ellos habían tocado Amnistía Política, Crisis
y dos bandas más. En el escenario estaba ahora Eutanasia, cinco
grupos pugnaban por tocar después de ellos, querían
hacerlo antes que los parlantes se saturaran o la batería se
desarmara. Los organizadores estaban con la cabeza hecha un laberinto
por cómo resolver ese problema, el tiempo no daba para más
y los equipos también. "¿Te sucede algo?"
preguntó Olga a Adrián R. "No, nada, sino que me
parece que algo va a suceder". "No te preocupes, todo va
a salir bien". El muchacho se tranquilizó, pero no pudo
sacarse la sospecha. Además, pensó, que ella sabía
algo más. El Intelectualoide estaba más sospechoso aún,
miraba para todos lados como buscando a alguien extraviado y de tanto
en tanto se hacía señas con unos jóvenes que
observaban el concierto desde un rincón y que destacaban por
sus vestimentas comunes y formales, además, por su semblante
distinto: erguidos, marciales, como convencidos de estar por encima
de los otros, recordaban a esos carteles de la revolución cultural
china. Los otros concurrentes daban lástima, por su postura
marchita, frágil e indecisa; por sus miradas que denotaban
estar cargando una gran culpa sobre sus espaldas. Olga le preguntaba
al Intelectualoide en los oídos por quién sabe qué
cosa y él le respondía igual. Adrián R no tenía
la menor duda de que estaba relacionado con esos jóvenes formales
de mirada torva. Eutanasia ya estaba casi listo. El Pelao Kike, cantante
del grupo, saludaba las bromas que le hacían sus seguidores
de Bandera Negra. En eso estaba el Treblinka cuando divisó
a su amigo el Fredy Nada. Lo acercó al grupo y éste
saludó con su habitual sarcasmo: "Cómo está
doctor ¡Oh, qué tal ingeniero! Cómo le va señor
ministro" Su sonrisa perenne sazonaba las bromas. El Innombrable
gozó con la nueva presencia. A su lado el Desperdicio permanecía
callado, como en toda la jornada; tenía la mirada, igual a
los sospechosos. Observaba y parecía calibrar a las personas.
Daba la impresión de que iba a estallar, no se sabe si de ira
o de llanto. A pesar de su estado de animo no se metió a ningún
pogo."Puta, ingeniero, le presento a mi discípulo"
dijo el Fredy Nada arrastrando de la casaca a un muchacho de rostro
moreno y cabello trinchudo, quien saludó a todos muy cortésmente."Este
compadre es el elegido para reemplazarme en la capitanía de
la selección ¡Lo he entrenado desde calichín!"
agregó el Fredy Nada. Todos rieron. "Con éste si
que nos llevamos la copa del mundo, pero si no, al menos una copa
de trago, jajaja". De rato en rato se filtraba hasta ellos el
olor a Marihuana. "¡Ufffff que rico huele!" dijo el
Innombrable. "Oe, arquitecto, vamos a hacer un tragazo"
dijo el Fredy Nada. "Oe, sí" dijo alguien por allí".
"Ustedes saben que yo no puedo vivir sin alcohol" agregó
el Fredy Nada "La coyuntura lo amerita, aquí tengo unos
intis, quién me corresponde" dijo el Intelectualoide.
Adrián R y el Desperdicio lo odiaron, pero igual no rechazaron
su dinero. En eso Eutanasia comenzó a tocar y el pogo se apoderó
del ambiente. "Más tarde la hacemos" dijo el Treblinka
quien con el Fredy y el Elegido se zambulleron en él cachascán
subte. El Intelectualoide se quedó con la mano en el aire mostrando
los billetes sucios y gastados. El golpe de un poguero hizo que los
billetes volaran para perderse entre las baldosas. "Putamare"
exclamó, olvidándose de las palabras rebuscadas de su
bagaje, como él así llamaba a su estilo de hablar. "Este
es el orden criminal serás el próximo victimado"
el Elegido había caído de rodillas por causa de los
empujones, pugnaba por levantarse y cuando ya estaba a punto de hacerlo
una patada en la frente lo tiró de espaldas. El Fredy Nada
miró a Olga que había quedado horrorizada por la violencia
del golpe. "Tenía que bautizarlo" dijo, internándose
en el remolino de gente. El Elegido fue hasta el baño para
mojarse la cabeza, pero cuando llegó, el caño estaba
más seco que lengua de muerto. Eutanasia arrancó con
su segundo tema armando la danza otra vez. En los rincones de cualquier
lugar, en sucias calles, un asqueroso muladar, entre basura que vomita
la ciudad, gente sin rumbo que rebalsa por allí. El Treblinka
saltaba de un lado a otro tumbando a varios en su arremetida. En calles
pobres donde nacen sin temor, en las esquinas donde nadie teme, ooh
ooh ooh en los suburbios donde no hay la falsedad, están las
ratas arañando algún lugar. Los caídos se desesperaban
por estar de pie, sabían que podían ser pisoteados en
pocos segundos, forzaban; pero algún mal intencionado les ponía
el chancabuque encima. Ratas a luchar, ratas a roer, ratas a pelear,
ratas a joder. Las manos se alzaban en un puño convencido,
siguiendo el coro de la canción, como los puños obreros
de una huelga, de un paro nacional. De comer mierda estamos hartos
ya, la rabia dice que es hora de comenzar, y en sus esquemas ya no
vamos a caer y en nuestras leyes sólo vamos a creer. Adrián
R, en medio del tumulto y puños alzados vio que el Intelectualoide
no dejaba de observar a los de mirada torva que en sus rostros se
dibujaba una risita cachosa; sospechó aún más
que algo sucedería. Dentro del miedo que asesina la razón,
en el vacío de esta perdida confusión, en el silencio
de esta vana conformidad, desesperados bajo un cielo azul terror.
Y Olga aún más le llamó la atención porque
seguía la letra con fervor, más convencida que los puños
alzados, mucho más que aquellos que veían todo eso como
una catarsis. Ratas a luchar, ratas a roer, ratas a pelear, ratas
a joder. Y ya todos eran unas ratas que saltaban y se empujaban con
mayor violencia y entre gritos coreaban más fuerte que el Kike,
quien les daba el micrófono a algunos para que gritaran olvidando
las letras debido al odio acumulado entre risas decididas y cobardes.
De sus covachas todas las ratas marcharan, hacia el inmenso cementerio
de neón, todo un ejercito de ratas marcharan hasta la mierda
de esta bonita ciudad. Y cuando ya estaban convencidos de marchar
como las ratas de la canción. Una voz los sacó de allí
para traerlos de nuevo a la realidad. Era una voz desesperada que
lanzaba insultos desde las rejillas en lo alto de la puerta, otros
rostros lo acompañaban, lanzando escupitajos. "Calla conchetumare,
qué mierda cantas, si eres un huevón". Eutanasia
dejó de tocar, sólo el Pelao, respondió por el
micro: "Cállate amargado, tú eres el huevón,
ya nadie cree en ti". "¿Y quién chucha quiere
que me crean? Si todos son unos borregos que siguen al rebaño...
¡Alienados! ¡Inconsecuentes! ¿Dónde está
su rebeldía? ¡Rebeldía de fin de semana!".
"¿Y dónde está la tuya? dijo el Pelao. Por
un momento no hubo respuesta pero a los segundos la voz volvió,
esta vez con una rabiosa tranquilidad: "Yo soy mi rebeldía".
La gente escuchaba embobada. Olga y Adrián R se habían
quedado en sus sitios. Decidieron moverse cuando el Pelao Kike arengó
para salir y darle una lección al discrepante; pero, no lo
hacían por seguir las arengas, sino por que ya nada tenían
que hacer allí adentro. Además, sabían que iba
a haber bronca y no querían perdérsela. Olga esperaba
más que eso. El Intelectualoide le dijo, otra vez en el oído,
que se podía aprovechar esa circunstancia para lo planeado
y ella le dijo que esperara, que no se precipitara. Ya afuera se pudo
saber quién era el de los insultos, era Saúl Omiso cantante
de S de M. Esperaba acompañado de un buen grupo, que aumentó
cuando se le plegaron muchos del concierto. Los Bandera Negra no sabían
a quien apoyar, conocían a ambos. Y no tuvieron el tiempo suficiente
de decidirse, porque, apenas vio al Pelao Kike, el Omiso se le fue
encima aplicándole un planchazo en el pecho. "Tú
no te metas, Adrián" Olga lo tenía aferrado del
brazo. El Fredy Nada, el Treblinka y el Innombrable se rieron. Pero
al notar el peligro, éste último le dijo a Carlos Desperdicio
para salir de ese lugar, Carlos se negó, algo le sucedía,
sus ojos estaban desviados, no miraban a ningún lugar "¿Qué
tienes?" le preguntó el Innombrable. "Nada, nada"
respondió. Los bandos habían dividido la calle. En medio
de la pista se trenzaban el Pelao y el Omiso. Los vecinos asustados
llamaban inútilmente a la policía, algunas señoras
arrojaron desde sus ventanas agua fría. El Intelectualoide
se acercó a duras penas donde estaban los dos jóvenes
de ropas formales, les habló y trató de retenerlos,
pero estos se fueron explicándole que no iban a sacar nada
bueno con ese grupo de lúmpenes. Al Intelectualoide no le quedó
otra que regresar donde estaba Olga para comunicárselo, pero
no llegó a tiempo, porque, nunca se supo de dónde, tal
vez de una de las ventanas, salió volando una botella de licor.
Esta cayó en la pierna del Pocho Treblinka que estaba por ubicación,
mas no por convicción, en el lado de los parciales de Kike.
Fue el motivo para que los grupos se abalanzaran unos contra otros
y se repartieran golpes. La mayoría lo hacía sin saber
el por qué. El Pocho Treblinka daba trancazos a quien se le
acercara sin fijarse si era amigo o enemigo. Erick y el Innombrable,
temiendo ser golpeados, se apartaron lejos, casi por la esquina. El
Fredy Nada había recibido un puñete en la boca que lo
hizo correr sin parar jurando vengarse del agresor. Adrián
R no se aguantó y comenzó también a repartir
golpes. Protegía a Olga con su cuerpo. Entre todo ese caos,
un tipo con pinta de jipi se les acercó haciendo la señal
de la paz con los dedos. "Pizanlove, broder, acuérdate
de Lennon" dijo, precisamente mirando al Pocho Treblinka. "¿Qué
cosa?" dijo éste. "Pizanlove, broder, acuérdate
de Lennon" repitió creyendo encontrar en Treblinka una
reacción positiva al mensaje. "¿Pizanlove? ¿Lennon?
¡Calla conchetumare!" Entre el Pocho Treblinka, Adrián
R y el Desperdicio lo agarraron y le dieron una revolcada a patadas.
Los de Bandera Negra que habían dejado de golpear a uno lo
tomaron de los cabellos grasosos, lo arrastraron unos metros y consumaron
la pateadura. En ese mismo momento se oyeron las sirenas de los patrulleros.
Todos dejaron la pelea, ya no importaban el Pelao Kike y el Omiso,
quienes fueron los primeros en soltarse, para quedar observando. Sólo
interesaba salvar el pellejo. Huyeron hacia la Vía Expresa,
corriendo por encima de los autos estacionados, rompiendo a pedradas
los parabrisas y los vidrios de las casas. Al llegar al puente Gonzáles
Prada se detuvieron. No había Omiso ni Pelao, sólo un
buen grupo de rezagados de ambos bandos y en su mayoría de
los Bandera Negra. Olga, contra todo pronostico, contra todo lo que
se creía de ella, como si lo tuviera todo preparado y como
queriendo complacer a alguien o a muchos, que seguro la estaban observando,
trepó, jadeante, al borde del puente, alzándose por
sobre las cabezas, y arengó con su voz, que ya no era la dulce
de siempre, sino la de una líder implacable: "¡Imbéciles!
Qué han logrado rompiendo las casas de gente pobre como nosotros
¿Dónde está la consecuencia? ¿Qué
culpa tienen estas gentes de esta violencia para nada... dos seudolíderes
que se pelean por sus pequeñas diferencias y nosotros que los
seguimos, sabiendo que hay discrepancias mucho más profundas
que la de esos dos lúmpenes ¿Por qué hemos apedreado
ventanas? ¿Qué hemos logrado con eso? ¿Alguien
me lo puede decir? ... ¡Su silencio los delata! No saben nada.
El enemigo está aquí cerca, cruzando este puente que
divide dos barrios, cercanos en distancia, pero alejados en muchas
cosas. ¡Allí en Miraflores está el objetivo que
hay que derribar, romper! ¡Saquemos a la burguesía de
su tranquilo sueño! ¡Hagámosle saber que muy pronto
la pesadilla se apoderará de su tranquilidad y que nosotros
seremos los artífices! ¡Hagámoslo ahora! ¿Están
conmigo o no? Un grito afirmativo se escuchó fuerte."¡Sí,
Ratas a luchar, ratas a pelear, ratas a joder!". "Recojan
piedras, palos" dijeron. "Sí, hay que romper todo".
Por allí los Bandera Negra enseñaron una Molotov. La
habían preparado para ir al barrio de unos metaleros después
del concierto, pero como ya no iban a ir la cedieron. Adrián
R se había quedado callado, estaba pasmado, todo había
sido tan diferente, tan rápido, tan turbulento. El Treblinka,
sorprendido, tampoco decía nada. Olga ya no los tomó
en cuenta, tenía sus sentidos concentrados en lo que había
propuesto pues ya estaba tomando forma. Cuando estuvieron listos,
avanzaron -De sus covachas todas las ratas marcharan, hacia el inmenso
cementerio de neón- Adrián R fue arrastrado por la turba,
no le quedaba otra, por Olga nada más. Al entrar en Miraflores
todo fue blanco de una piedra. Carlos Desperdicio era el más
activo, con una tabla destrozaba las ventanas de las casas, de los
autos. Otros pateaban las puertas y golpeaban a los infortunados que
se cruzaban con ellos. De algunas viviendas salían disparos
al aire. "Rompe ese jardín". "Tú tienes
spray, pinta allí". "Muera la burguesía".
"¡Lima en Anarkía!". Olga corría de
la mano del Intelectualoide, vigilada celosamente por Adrián
R. El Pocho Treblinka hacía bastantes esfuerzos por no quedar
rezagado, le dolía la pierna donde había caído
la botella. Esto no le impedía tener en su poder dos grandes
piedras. Llegó un momento en que no sabían para donde
ir. "Vamos para allá" decían unos. "No
para acá" otros. Olga tampoco sabía a donde llevarlos.
Por un instante se quedaron indecisos, algunos incluso pensaron en
retirarse hasta que alguien, nadie supo quién, dijo: "Al
Nirvana, al Nirvana, rompamos el Nirvana" y todos estuvieron
de acuerdo, sólo porque estaba bastante cerca. En la esquina
de Cantuarias saquearon a un ambulante y de una casa en construcción
hurtaron ladrillos y piedras. Llegaron a la esquina de Shell y se
encaminaron hacia la discoteca. Los ladrillos volaron destrozando
lunas haciendo gran estrépito. "No, huevones, ese no es,
el Nirvana es al lado". Pocos sabían en realidad cuál
era el Nirvana, es más, en su mayoría, era la primera
vez que pisaban Miraflores. Carlos Desperdicio, armado con su tabla,
fue contra la puerta de la discoteca, esta vez la verdadera, la otra
había sido una boutique, y comenzó a golpear con furia.
Gritaba como un orate: "Aaaaaahhh, aaaaahhhhh, ahhhhhhhh".
Cada tablazo le removía los músculos. Después
de no dejar en pie vidrio alguno se la emprendió contra los
faros de un auto. Entonces volvieron a sonar las sirenas de la ley
poniéndolos en alerta. De alguna mano anónima salió
prestísima, precisa y encendida la Molotov que estalló
sobre un Mercedes Bens estacionado más allá, hasta ese
momento a salvo de la furia del Desperdicio."Vámonos,
vámonos, la tombería, la tombería". Adrián
R, se había mantenido como un observador de lo que hiciera
Olga, pero ante el peligro se decidió; le metió un puñete
al Intelectualoide y le gritó a su amiga: "Ven conmigo,
carajo, que vienen los tombos". "Tú, vete. Tengo
que hacer" dijo ella, levantó al Intelectualoide, su nariz
sangraba profusamente, y huyó con él por una calle pequeña.
Adrián R se quedó allí, solo, tieso como una
señal de tránsito, su mente captaba el sonido intermitente
de las sirenas que ya estaban cerca. El Pocho Treblinka lo agarró
del cuello. "Corre, huevón, corre". Lo siguió
sin mucha convicción. Por su lado pasó Carlos Desperdicio,
"Aaaaaaahhhhhhhh" gritaba desesperado, como soldado lanzado
a la batalla, de su rostro caían lágrimas, gruesas lágrimas.
Adrián R también derramó algunas.
"Allí está el hospital de Bravo Chico, en esa esquina
voltee a la izquierda". El muchacho señaló al jirón
Los Higos. Una cuadra más allá ordenó detenerse
en un parque desolado que no tenía ni una higuera, ni un árbol,
ni un arbusto; todo era tierra muerta y cemento, las casas eran corralones.
"Servido joven" dijo el padre de Adrián R. El muchacho
hizo un ademán de buscar dentro de su chaqueta. "Dónde
deje la plata" dijo, pero en vez de sacar el dinero sacó
un revolver y apuntó al costado del señor. "Bájate
y tírate en el piso". Por un instante todo se nubló
en la mente del padre. "¡Bájate carajo!". "Por
favor joven, no me quite mi carro, es mi herramienta, soy un hombre
pobre... tengo familia". "Vas a prestar tu carro para la
revolución, después te lo devolveremos". "No
pues joven, mi mujer está enferma, mis hijos son...".
"Bájate mierda". El señor obedeció,
abrió la puerta y se tiró en el piso. El muchacho guardó
su revolver y se acomodó en el volante, cuando iba a cerrar
la puerta para poder arrancar con su botín, el padre de Adrián
R se aventó y lo agarró del cuello, sus gruesas manos
de ex obrero atenazaron la frágil nuez del estudiante, haciendo
que los anteojos cayeran. "Devuélveme mi auto, es mi único
sostén, por favor". "¡Suéltame! Con-cha-tu-ma-dre".
"No le hagas esto a un hombre pobre, yo soy del pueblo".
"Suel-ta-me". El forcejeo duró unos segundos. El
muchacho fue aflojando su resistencia, la tremenda presión
en su cogote lo iba debilitando. Pero no deseaba asesinarlo, sólo
dejarlo inconsciente para sacarlo del auto, pero cuando ya estaba
a pocos segundos de lograrlo, salió de quién sabe dónde,
una sombra diurna de caderas amplias, cabello corto y andrógino
perfil. Como un ángel de la muerte puso el cañón
de su arma en el cráneo del señor y le ordenó
soltar a su compañero. El padre de Adrián R por reflejo
giró rápido el rostro y pudo ver de soslayo el semblante
que le traía la muerte. Ella, decidida a todo, no esperaba
esa reacción y más por desesperación que por
seguridad, jaló del gatillo impactando a boca de jarro en el
rostro del señor, quien cayó al piso agonizando. El
muchacho se repuso rápidamente y gritó angustiado que
no debió matarlo. Ella subió al asiento de al lado y
el carro arrancó haciendo llorar las llantas; muy tranquila
ya, respondió a su compañero que no se preocupara: "Es
el precio social de la revolución". Mientras tanto en
el piso de aquel parque muerto, un hombre se moría. Las imágenes
felices de una vida frustrada por el contexto de su juventud, eran
revisadas por su mente con paciencia, como si tuviera todo el tiempo
que daba la vida. Al final de todo quedó la imagen de su mujer
cuando la conoció, aún escolar, y la estampa de sus
dos hijos sonrientes, cuando la vida, el porvenir y el Perú
eran pura esperanza. Antes de cerrar los ojos al mundo, se desprendió
de su conciencia una simple interrogante: ¿Por qué?.
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