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-Los activistas de los generados sólo se ocuparan de la ejecución, los cuadros veteranos de la preparación. Los elegidos recibirán los datos pertinentes y ejecutaran la acción -dijo él, escuchando la narración de un partido de fútbol en la radio. Había subido el volumen como siempre lo hacía, para camuflar las palabras y evitar filtraciones a los otros departamentos. Pocho Rospigliosi hacía los comentarios de las diabluras del Potrillo Escobar, la potencia del blanco Tomassini y el temple y coraje de Pechito Farfán, de Cesar Sussoni. Alianza demostraba cada fin de semana, que se iba para campeón. El pueblo, al menos en eso, tenia alegrías. Esas jugadas le hicieron recordar cuando iba a la cancha de la universidad. No lo hacía mal, pudo haber jugado por la selección en el campeonato universitario, pero las ideas lo absorbían. El fútbol peruano había perdido un buen back, se decía siempre, pero había ganado un revolucionario. Para él era una anestesia. El opio del pueblo ya no era la religión, tal como el viejo Marx lo había sentenciado, ahora era el fútbol con que las masas se mantenían adormecidas. Por tal razón no le buscaba esas alegrías, buscaba su reivindicación-. Así está estudiado y determinado por el Partido. Las coordinaciones están hechas.

-De seguro los elegidos querrán saber sus responsabilidades -preguntó ella. Pensaba en los rostros anónimos de los que estaban por encima de él. De aquellos que interpretaban correctamente las directivas del camarada Gonzalo, quien dirigía la guerra popular sin salirse de las leyes invisibles que rigen la dinámica de una guerra, todo dentro del materialismo histórico y dentro de las lecciones que la experiencia revolucionaria, a escala mundial, había enseñado. Evitando los errores aprendidos se caminaba seguro y ellos también lo creían así; sentían, por eso, tener una garantía de triunfar así la guerra durara un año o decenas. La radio cantó un gol de Alianza y sin determinarlo le vino una sensación de haber gritado, alguna vez, un gol de ese equipo, aunque ella nunca había pisado un estadio ni había visto un partido en televisión. Era una alegría extraña. Estaba desconcertada, por que siempre había sentido simpatía por la U y sabía que quien era de la U no podía ser de Alianza y viceversa. Así como si se está por la revolución o no se está. Escuchó el grito de gol en las tribunas, que la radio llevaba hasta ella y trató de imaginar a los miles que lo vitoreaban en el estadio y en las casas donde latía un corazón aliancista. Recordó a uno entre ellos y sintió una caricia tierna en el rostro. Salió de todo eso y agregó-: ¿Y quiénes se encargarán de ejecutarlas?

-Eso ya escapa a mí -respondió él. Se sintió como el portero, vencido por el gol. Al parecer lo habían mal informado y el Partido, sin ordenárselo, le estaba relevando de sus funciones. El Nerd estaba detrás de todo eso, seguro. Recordó cuando hacía un tiempo le comunicaron regresar a la capital. Había dirigido militarmente una columna y ante la inoperancia del Comité Metropolitano que dejaba caer cuadros dirigentes muy fácilmente y su débil presencia en la ciudad, le ordenaron dejar el campo y hacer labor clandestina. Tenía alta experiencia en ello, pero sabía bien que la ciudad, la urbe, no era el campo y tuvo que aplicar estrategias innovadas por su persona. Además, era mando militar, no tanto político, y eso complicaba su trabajo. Más aún al darle la directiva de organizar las luchas reivindicativas en función de la guerra popular y de desarrollar organismos y copar todas las organizaciones que pudiera, sobre todo las juveniles y estudiantiles. En lo último obtuvo mayores logros que en las demás, y al parecer el Partido estaba descontento porque no se estaban alcanzando los objetivos trazados, los de mayor contundencia, sobre todo. Ante esto llegaron las presiones y el Nerd junto al Autómata, quienes, se decía, recibían orientaciones directas del camarada Gonzalo-. Ellos decidirán, así me lo han comunicado.

-¿Y quiénes son ellos? -preguntó ella. Siempre se lo había hecho, ¿ellos?, sí, los que permanecían a la sombra y de quienes había oído hablar siempre. Los imaginaba como fantasmas, caminando amparados entre los miles de rostros mestizos, igualitos todos, el mejor camuflaje- ¿Quiénes, ah?

-Ese par que viene a joder, perdón, coordinar -respondió él. Rápidamente hizo un recuento de su labor y determinó haber llegado al límite. Infiltrarse dentro de los sindicatos y los gremios, era bastante difícil, porque esa gente estaba contaminada por el sistema, por el revisionismo y era muy complicado cambiarlos. Salvo algunos sindicatos donde habían alcanzado instancias importantes, pero no aquellas donde se tomaban las decisiones de peso. En la mayoría había algunos simpatizantes, pero rápidamente eran denunciados por los soplones infiltrados. Caían rápido y suerte que no lo hayan denunciado hasta ahora. Lo temía hasta hace un tiempo, sobre todo por un compañero bastante comprometido que había caído, meses antes, como héroe en el motín del frontón, brindando su cuota de sangre exigida por la revolución a todo buen combatiente, motivo principal para continuar con la lucha. Ese era el peligro, y esa era su misión, al menos de un cien por cien, un sesenta por ciento había logrado, al menos eso, ¿pero ese par habría hecho alguna labor importante? De seguro, sino no estarían en donde están y con las ínfulas que se daban. Eran ofensivos. Allí estaba su error. En lo demás no tenían por que reprocharle. Había generado organismos, principalmente en las zonas de los conos. Había organizado bases en instancias juveniles no imaginadas hasta hace un año. En institutos y universidades, nacionales y privadas, e incluso tenía la idea de infiltrar las escuelas de oficiales y suboficiales de la Policía y Fuerzas Armadas, sobre todo del Ejercito. Otros habían logrado lo mismo, pero no con la contundencia que deseaba alcanzar-. Espero que lo que determinen sea lo dictaminado por el Presidente Gonzalo, si es como dicen que reciben las ordenes y las orientaciones directamente de él, y no lo que su subjetivismo decida como derrotero.

-¿En verdad es así? -dijo ella, más sorprendida que curiosa. Ya de por sí el hecho de querer saber quiénes eran los militantes del partido, comunistas forjados en el crisol de la lucha de clases, le provocaba una sensación inexplicable. A veces pensaba en los que la observaban en la calle, cuando caminaba por que sí o cuando se encontraba con un enlace, o en alguna reunión con algún responsable de un organismo, o cuando estaba tratando algún tema de discusión. Siempre desde el día que comenzó a involucrarse veía cerca una presencia, aparecida en el momento menos pensado, observándola sin curiosidad, sospechosamente. Los llamó los mil ojos del Partido. Pero esto era distinto. Ese par tenía trato directo con el más grande marxista-leninista-maoísta viviente, la cuarta espada, era casi como estar en el cielo. Pero si era así, también implicaba peligros, pensó. Un peligro de que no era tan etéreo, que existía, que el cerebro no era sólo eso, sino que tenía carne y huesos, que podía morir o caer- Tú crees que lo traten, que discutan con el presidente Gonzalo, que él les diga: Miren es hora de golpear acá o allá, ¿en verdad crees eso?

-Puede ser así, como que no -respondió él, recordando cuando conversó con el camarada Gonzalo, en los días de preparación para dar el gran salto, hace años, hace poco. Para pasar de las palabras a la acción y no como el viejo partido de Del Prado serviles creyentes del parlamentarismo parásito. Unas palabras bastaron para quedar convencido, para tener la certeza de que la persona elegida para dirigirlos era una mente avanzada, un Nuevo Hombre, ejemplo para la Nueva Sociedad-. Nadie sabe la de quién en estos tiempos; sólo sé y de buenas fuentes que sus órdenes vienen de arriba en línea directa ¿Total? Si son del Presidente o del Partido, es lo mismo, ¿No?

-Sí, tienes toda la razón -dijo ella, dándose cuenta en el tono de sus palabras, que ellos, el nerd y el autómata, habían ganado. En su mirada estaba el consuelo de haber hecho labor sin buscar reconocimientos, porque así era el trabajo clandestino, hecho por anónimos que respondían a un solo nombre: el Partido o el Pensamiento Guía. Sí, así lo veía, pero no era lo único, muchas más cosas estaban en peligro y no podía hacer nada, solamente acatar las ordenes-. Esperemos que todo vaya por buen camino.

-El camino está dado, de eso no tengas dudas -dijo él, lanzando un suspiro de cansancio y acariciándole el rostro. Pensó en la juventud de esa piel y en la esperanza de esa mirada; pensó si el camino fuera tan hermoso como esos ojos y esos labios; si las cosas correctas fueran tan buenas como esa sonrisa; si la vida tuviera ese semblante y nunca fuera muerte como en esos tiempos duros; si la revolución fuera tan suave como esos cabellos largos; pero, se dio cuenta que no y volvió a tocar piso. Soltó la caricia y agregó-: Son los hombres los que tienen que seguir la línea correcta y no la línea equivocada, ellos son los responsables.

-Todo, entonces, saldrá bien -dijo ella, envolviendo con sus brazos la amplia espalda. Posó su mejilla sobre la chompa y aspiró el olor rancio a sudor y desodorante barato, sin importarle mucho agregó-: Avanzamos con la verdad histórica de nuestro lado, hacia la victoria, hacia la nueva sociedad.

-No hay duda -dijo él. Se dio la vuelta y la besó en la frente. Anheló olvidar todo y sin volver a pensarlo le dijo para salir a caminar. Ella aceptó con una sonrisa. Cuando salieron y cerraron la puerta se justificó-: Quiero ir por calles que no recorro hace tiempo y que me enseñaron mucho.