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IV.4 Olía a santidad en aquella iglesia; todos estaban peinaditos con sus smokings negros y sus tulipanes en las manos; tenían un aire de estampita religiosa y la serenidad de quien se sabe redimido de sus pecados; detrás las mamás se contagiaban del ambiente sacro mientras que los papás se aburrían lanzando indiscretos bostezos. "Taz huevón, dijo el Treblinka, yo no he hecho esa huevada". Esperaban la entrada del sacerdote para el inicio del sacramento de la Primera Comunión y el niño se había quedado prendado de la grandiosidad del altar que trataba de igualar los estados del cielo donde moraba Papa Lindo y el niño Jesusito y los santos apóstoles y los santos mártires junto a San Martincito y Santa Rosita, tan negrito él, tan rosadita ella, ¿por qué los santos no tienen cara de indios?, y los adornos de oro y plata y los santos que parecían volar y la virgen con el niño en brazos pisoteaba al diablo que humillado los miraba con cara de ya se cagaron con mi mancha y los Oh sana en el cielo que le hinchaban el corazón de bondad, de santidad; su madre le observaba con ternura, lo encontraba más guapito que todos sus compañeros, con el pequeño smoking negro que hacía contraste con su cabello castaño y la carita de Dominguito Savio que de por sí debía darle un puesto a la diestra de nuestro señor. Pero su Papá estaba más asado que pavo en Navidad, requintando por haberse levantado temprano y tener que soportar el sentón de una hora, que se perfilaba para un par más. Lo único bueno que rescataba de todo eso eran los buenos traseros de las otras madres y hermanas de los pequeños demonios que iban a comulgar por primera vez y que por algún milagro estaban quietitos en su bancas, sobre todo el muñeco diabólico de su hijo, ¿si sería su hijo?. "No, yo no hice la primera comunión, dijo el Innombrable, es más no estoy bautizado". El niño se había dado cuenta que sus amigos miraban con estupefacción a los santos, unos con curiosidad y otros con indiferencia, y por primera vez no se portaban como en el salón de clases. Palomeque Rodríguez no eructaba pronunciando el nombre de Paredes, o Huallqui Mallqui no se secaba los mocos para alisarse los trinches que tenía por cabellos, o que Segovia, más conocido como cucaracha de grifo por sus pecas y su pelo rojo, no se carcajeara como caballo por cualquier tontería. Eran unos santitos. Pensaba que era un milagro de primera comunión que Garcés, nariz de Garza, haya olvidado sus innumerables dulces que llevaba en los bolsillos. Eso hace que se pare rascando el poto, decía Josecito Contumaz, porque nunca invitaba a nadie, mucho dulce te llena de lombrices. Deseaba comprenderlo, encontrar una razón dentro de su cabeza de nueve años, que pronto serían diez, y los de cuarto grado lo respetarían y también los de su clase, como el negro Landel que ya no era negro sino plomo y que su camisa estaba blanquísima debajo de sus saquito y su michi, igual al mozo que había visto en una película norteamericana. Sí, Landel, sobre todos, tendría que respetarlo porque era menor y también un tremendo abusivazo. Le había pegado a toda la clase. No comprendía por qué ese niño malo iría a recibir el cuerpo de Cristo. Pensó que Cristo se haría diarrea allí. Pero mejor dejaba de pensar y se iba a quedar quietito porque los malos pensamientos lo estaban asaltando y eso también era pecado y también Cristo podría hacerse diarrea dentro de él. ¿Y si se hace diarrea? ¿Y si me hago en el Smoking alquilado? Buscaba a su mamá pero no la distinguía. Había cinco bancas vacías que separaban a los familiares de ellos, los que estaban sentados adelante no eran ni su mamá ni su papa ¿dónde estarían?. "¿Y te cagaste, preguntó el Treblinka, te cagaste en el pantalón?". "No, respondió el Desperdicio, ¡Ni cagando!". Pero el Cura ya empezaba la misa y tenía que concentrarse, como se lo había dicho la madrecita en la catequesis, con fe y más fe y con muchísimo amor, porque todos somos hijos de Dios que está en el cielo y por eso, como nos quiere tanto, mandó a su primogénito, Jesucristo, para que muriera por nosotros y salvarnos de nuestros pecados; ya que ante Dios todos somos iguales: negros, blancos, cholitos, ricos y pobres, todos somos iguales ante el señor. Madrecita mi papá dice que Dios es comunista, porque para él todos somos iguales. No, Él no es comunista, es amor, Dios es amor. "Todo iba de putamadre, dijo Carlos Desperdicio, hasta que entró un loco, alucina, un loco". El sacerdote hablaba de la importancia del sacramento de la primera comunión en cada uno de los católicos, el acontecimiento de recibir por primera vez el cuerpo de Cristo salvador, acto que recuerda el infinito amor de Dios para con todos nosotros. El niño escuchaba atento, solamente distraído por Garcés que de tanto en tanto se metía la mano al poto para darse una feroz rascada. "Los dulces, dijo el Desperdicio, y las lombrices lo tenían loco ese día, ¡Ja!". También miraba las imágenes que despedían ternura y algo de indiferencia. No soportaba justamente la indiferencia, esperaba una sonrisa viva. El niño creyó encontrar en la virgen el rostro de su madre y en el diablo pisoteado a su padre que le reclamaba por existir, por ser tan huevón, tan callado y creyó que se había volteado y lo miraba, ya no al niño y la virgen, sino a él. Sintió miedo. No podía sostener esa visión y se dio cuenta que los santos lo miraban con visión perversa, diabólica; hasta el niño Jesús, en quien creyó ver a Landel, lo miraba con furor y revancha; entonces un rumor de sorpresa le hizo virar el rostro hacia el fondo, buscó a su madre, no la halló, sólo vio una silueta oscura que resplandecía recortada a contraluz; la sombra avanzaba lentamente, con solemnidad y orgullo, ajeno a las miradas de asombro, sorpresa, asco, desprecio y odio, y que no le importaban en lo más mínimo; el niño no le despegaba la vista, creyó ver al Salvador, ya no escuchaba la voz del sacerdote que había callado y cuando lo distinguió pensó en que era Él, el único que lo podía salvar de esos demonios de yeso que lo miraban desde el altar; sí, era Él, ¡Jesús!. "Era el loco'on, dijo el Desperdicio, un loco en mi primera comunión, ¡Ja!". El sacerdote y toda la iglesia habían callado. La silueta vestía zapatillas de lona que alguna vez fueron blancas; un short de jean azul dejaba que sus piernas flacas y trigueñas se mostraran como si estuviera en la playa; tenía también una chompa de lana azul. Estaba sereno. Se santiguó y tomó asiento en las bancas vacías junto al pasadizo. La encargada de la limosna le hizo una señal castrense, masculina: ¡Lárgate de acá! El hombre había visto la señal pero no había hecho el menor caso. Miraba las imágenes con la misma calma con que había hecho su ingreso. "Ahora que lo recuerdo, dijo Carlos Desperdicio, parecía Charly Manson". Cientos de ojos, que parecían de águilas, de león, de toro y humanas lo acribillaron. Murmuró:"¡Siento en estos momentos una angustia terrible! ¿y qué voy a decir? ¿Diré padre líbrame de esta angustia? ¡Pero precisamente para esto he venido! Miró entonces sin mover el rostro a todos los que lo observaban y agregó para sí: Padre mío, si es posible líbrame de este trago amargo; pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú". Los segundos parecieron interminables hasta que el sacerdote reinició la liturgia con un carraspido que sacó a todos de su miedo y asombro."¿Qué hizo, preguntó el Innombrable, se cagó en plena comunión?". Todo fue calma, pero había quedado en el aire el tufillo ácido de que algo iba a ocurrir, un temor a que todo se fuera al diablo y no porque a Landel se le cayeran los mocos o a Garcés se le saliera la lombriz que le cosquillaba el ano, o por alguna otra razón que sus padres no habían previsto, sino por aquel que estaba allí y que tenía cara de delincuente: Escuchaban al sacerdote y de refilón vigilaban al ser de greñas repeinadas y barba desordenada, al choro, al fumón. "Yo no tuve miedo, dijo Carlos Desperdicio, es más, su presencia como que me calmó". El niño lo miraba y su amiguito lo codeó, le susurró que no viera a ese señor malo; pero nada de malo había en él, despedía paz; fue entonces cuando le sonrió, estaba tan cerca que el hombre, olvidando la introspección que lo apartaba del entorno, le devolvió la sonrisa y el niño se sintió más seguro y ya no le importaron las palabras amenazadoras del padre que hablaba desde el púlpito, con acento andaluz a pesar de haber nacido en Huancayo, sobre el maligno, en cada mala palabra, en la desobediencia a sus papitos, en las uñas sucias, porque Dios, Papa Lindo, condenaba todo aquello y si no cambiaban con la primera comunión, Diosito y su hijo eterno se molestarían y los harían puré en la cocina hirviente del infierno. "Yo alucinaba una olla con todos mis compañeros adentro como fideos ¡Ja!". "¿Oe, y el loco seguía allí?". Estaba quieto, sentado, con los ojos semicerrados, musitando una plegaria. El sacerdote percibió esa situación pero no le dio importancia y continuó con su sermón. La ceremonia duró todo lo que tenía que durar y todos los niñitos comulgaron, todos santitos, todos angelitos ¿Cuerpo de Cristo? Amén. Y en cada uno estaban los deseos y pedidos a Jesusito de que mi Papá ya no le pegue a mi Mamá o que ya no tome mucho o que me compre la bicicleta o que mi hermano mayor ya no me pegue ¿Y tú qué pediste, Desperdicio? Pero el único que no pidió nada fue él, pues después de recibir la Ostia sintió tanta calma como la sonrisa del hombre que aún seguía en su plegaria, extasiado en sí mismo, sin darse cuenta que ya los niños habían comulgado y tenían el cuerpo de Cristo dentro de ellos. "Para serte sincero, nada". "Nada, nada ¿Te creerás el Fredy Nada?". Y se sentaban ordenaditos en sus bancas con los ojitos cerrados; pero el niño, sí, él mismo, se desvió. "Ta'que me huevié y fui a sentarme al lado del loco"."Noooo, ta'que éste conchesumare, que huevón... ¡la cagaste toda!". El hombre dejó su ensimismamiento y agradeció al niño por no despreciarlo y por sonreírle."Gracias y recuerda estar siempre con Dios, hijito". Volvió a su plegaria, un murmullo cansino. El niño escuchó que sus padres le ordenaban ir a sentarse en su sitio, que se apartara del lacroso ése; pero, no temía, había recibido a Cristo y sentía amor por todos, amor al prójimo y ese hombre era su prójimo y tenía de quererlo como si fuera su hermano, como a Landel, como a Garcés, como a Fournier, a pesar de sus piojos, y a la profesora bigote que hacía memorizar a cocachos las lecciones; y así, también, sintió cariño por la gorda con cara de sargento que llegaba a pedir la limosna para la iglesia y que le extendía al hombre la bolsa de terciopelo, pero como no reaccionaba le empujó con el aro. Al verla señalándole la bolsa de las limosnas dijo: "¡Saquen esto de aquí! ¡No hagan un mercado de la casa de mi Padre!". La mujer volvió a repetir la señal que le había hecho con el brazo: ¡Fuera!. "El loco la quedó mirando fijamente, dijo Carlos Desperdicio, la vieja puso una cara de asustada que daba risa ¡Ja!". Ambas miradas no se despegaban, una serena, la otra perturbada, como si esas pupilas oscuras le revelaran algún secreto. "Lo que vas a hacer, ordenó el hombre, hazlo pronto". Inmediatamente la mujer le comentó el sacerdote que ese hombre podía causar daño, que seguro era un pastrulo. Se acercaron también los miembros del coro y se ofrecieron a desalojarlo. "El cura se acercó, yo estaba al lado del loco, era la cagada ¡Ja!". El sacerdote le ordenó que se fuera, que allí no era bienvenido, que era una misa privada; la mujer lo miraba con sorna. El hombre no alzó los ojos, los mantenía fijos en sus manos callosas, atento a las palabras; dio un largo suspiro y dijo: "Mi casa será declarada casa de oración para todas las naciones, pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones". Sus palabras fueron suaves, pero retumbaron en toda la iglesia. El sacerdote se tapó los labios ofendido por el atrevimiento de ese granuja, poca cosa, hippie. "Qué te has creído para venir a insultarme, a mí, al representante del Padre en su propia casa". "El cura se había asado, dijo Carlos Desperdicio, qué cague de risa". Se acercó al oído del hombre y le reprochó su atrevimiento, su orgullo, su malcriadez, le ordenó salir en el nombre de Dios, del Padre. El hombre habló: "Si de veras Dios fuera su padre, ustedes me amarían, porque yo vengo de Dios y aquí estoy. No he venido por mi propia cuenta, sino que Dios me ha enviado ¿Por qué no pueden entender ustedes mi mensaje? Pues simplemente por que no quieren escuchar mis palabras. El padre de ustedes es el diablo; ustedes le pertenecen y tratan de hacer lo que él quiere. El diablo ha sido un asesino desde el principio, nunca se ha basado en la verdad, y nunca dice la verdad. Cuando dice mentiras habla como lo que es; porque es mentiroso y es el padre de la mentira. Pero como yo digo la verdad, ustedes no me creen ¿Quién de ustedes puede demostrar que yo tengo algún pecado? Y si digo la verdad ¿por qué no me creen? El que es de Dios, escucha la palabra de Dios; pero como ustedes no son de Dios, no quieren escuchar". La concurrencia estaba muda y a su estupefacción se sumó un frío que congelaba hasta a las imágenes. "El cura se había puesto colorado ¡Ja! Todos estaban palteados ¡Ja!". El padre sabía de lo que hablaba, le preguntó quién era."Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí nunca tendrá hambre; y el que cree en mí nunca tendrá sed. Pero como ya les dije ustedes no creen aunque me han visto", respondió. El sacerdote no aguantó más tamaña insolencia. ¿Quién se habrá creído ese sucio que estaba retándolo en la misma iglesia, asustando a los niños e incomodando a los padres? ¿Quién? Declarando muy suelto de huesos ser el Pan de Vida, el Ungido, el Salvador. ¡Semejante marihuanero! ¡Apestoso! ¡Alucinado! ¡Rollingston!. Esto no podía quedar así, tenía que acabar en menos de una santiguada, debía marcharse de la casa del padre, el hijo y del Espíritu Santo y evitar que los niños se contagiaran de su insolencia y se volvieran contestatarios y la Ostia se hiciera acidez y no comulguen más con las ideas católicas, apostólicas y romanas. Ordenó a los del coro que lo amenazaran con gruesos cirios y lo conminaran a salir. "¿Le sacaron la mierda, preguntó el Treblinka, o se las sacó a ellos?. El hombre los miraba sin expresión, como si ya hubiese sabido lo que pasaría y como si ya tuviera planeado lo que iba a hacer o no hacer "¿Qué hizo, dijo el Innombrable, salió o se quedó?" Poniéndose de pie y con la misma paciencia, habló: "¿Por qué han venido ustedes con espadas y con palos a arrestarme, como si yo fuera un bandido? Todos los días he estado enseñando en el Templo y nunca me arrestaron". "El cura se asó, dijo Carlos Desperdicio, ordenó que lo sacaran a las buenas o malas". Los del coro y la mujer temían tocarlo, por algo que iba más allá del temor, una angustia, un vacío que ese hombre les hacía sentir revolviéndoles en el meollo mismo de sus mezquindades: Su corazón. Los niños con el semblante de angelitos miraban la escena como en Semana Santa, los fariseos apresando a Jesucristo y condenándolo y condenándose ellos para siempre, tal como lo había narrado la madrecita en la catequesis. "Para serte franco, dijo el Desperdicio, parecía una película de Cristo". El niño no podía comprender por qué lo sacaban. Sólo estaba rezando y lo querían botar por no tener para la limosna. Así pensaba Garcés, Landel y Pacori que ya quería decir algo como en las actuaciones, pero se le adelantaron. El hombre fue quien habló: "Hijitos míos, ya no estaré con ustedes mucho tiempo. Ustedes me buscaran pero no podrán ir donde yo voy. Ámense los unos a los otros. Así como yo los amo a ustedes, así deben amarse ustedes los unos a los otros. Si se aman los unos a los otros todo el mundo se dará cuenta que son discípulos míos". Hizo una pausa como sintiendo que esa despedida le hincara en el costado, alzó los ojos al altar y agregó: "No los voy a dejar abandonados; volveré para estar con ustedes dentro de poco, los que son del mundo ya no me verán, pero ustedes me verán y vivirán porque yo vivo". El sacerdote gritó encolerizado que se callara, que no perturbara a los niños con sus psicodélicos éxtasis; sí, no le hagan caso, no le escuchen, él no es el Señor, no es el Mesías, no es el niño Jesús, no, no es, no pueden creerle, no hagan caso a lo que diga, sólo yo y los testamentos y el Papa hablamos en nombre de Cristo, no este joven, no este seguidor de Belcebú y Asmodeo, no... Pero la voz serena se dirigía a los niños: "Tengan cuidado de que nadie los engañe. Porque vendrán muchos haciéndose pasar por mí. Dirán: 'Yo soy' Y enseñaran a mucha gente". "Después de eso, dijo el Desperdicio, salió; yo lo seguí". Igual como había llegado, solemne y crucificado por las miradas. Pero al detenerse, para ver por última vez el altar reparó que a su lado estaba el niño, inocente como los otros; le acarició los cabellos y dijo: "Gracias, hijito, y recuerda siempre tienes que estar con Dios, hijito" Pero no terminó de hablar porque unos brazos femeninos arrebataron al niño. El hombre levantó los ojos, con calma, con misericordia y vio a una mujer. Comprendió bien, sin expresión dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre". "¿Y qué pasó? Preguntó el Treblinka, habla pe". "Nada, se fue y la ceremonia continuó, después tomé mi chocolate; pero ese día en la noche colocaron un petardo en un Banco que estaba al frente y la iglesia se incendio hasta calcinarse. Se convirtió en un montón de carbón y desmonte. |